LOS QUE MURIERON ESPERANDO

LOS QUE MURIERON ESPERANDO


A GOLPE DE VOTO HEMOS DECIDIDO QUIÉN SEGUIRÁ GESTIONANDO LA DEPENDENCIA, LA SANIDAD Y LOS SERVICIOS PÚBLICOS DE ANDALUCÍA. AHORA TAMBIÉN DEBEMOS MIRARNOS AL ESPEJO Y ASUMIR LAS CONSECUENCIAS DE ESA DECISIÓN.


Por Fidel Romero




Se constituye el nuevo Parlamento de Andalucía. Las urnas han hablado y la democracia ha decidido. Los resultados merecen respeto. Siempre.


Pero respetar la democracia no significa renunciar a la reflexión.


Mientras los diputados ocupan sus escaños y los gobiernos se preparan para seguir gobernando, hay una noticia que debería sacudir la conciencia de cualquier persona decente: 2.204 andaluces han fallecido en los primeros cinco meses de 2026 esperando una ayuda de dependencia a la que tenían derecho.


Dos mil doscientas cuatro personas.


No son números.


No son estadísticas.


No son expedientes archivados en una administración.


Son hombres y mujeres que tuvieron nombre, rostro, familia, historia y dignidad.


Podría llamarse Antonio.


Nació en una Andalucía de pobreza y sacrificios. Apenas fue a la escuela porque tuvo que empezar a trabajar siendo un niño. No conoció la infancia que hoy consideramos normal. Conoció el campo, el jornal incierto y las jornadas interminables para ayudar a su familia a sobrevivir.


Trabajó toda su vida.


Levantó este país con sus manos.


Pagó impuestos.


Crió a sus hijos.


Aceptó sacrificios que hoy resultarían difíciles de comprender.


Como Antonio hay miles.


También podría llamarse Carmen.


Una mujer que dedicó su vida a cuidar de los demás. De sus hijos, de sus padres, de sus nietos. Una mujer que sostuvo a su familia desde el trabajo invisible de cada día, sin horarios, sin reconocimiento y muchas veces sin derechos.


Ellos construyeron la Andalucía que hoy conocemos.


Ellos fueron quienes soñaron con una democracia que garantizara derechos para todos. Quienes confiaron en que algún día existiría una sanidad pública fuerte, una educación pública universal y un sistema de protección social capaz de garantizar una vejez digna.


La dependencia formaba parte de ese sueño.


Era el compromiso colectivo de una sociedad que decía a sus mayores: después de toda una vida entregada a los demás, no os dejaremos solos.


Sin embargo, hoy miles de familias andaluzas viven una realidad muy distinta.


Hijos e hijas que abandonan trabajos para cuidar a sus padres.


Familias agotadas física y emocionalmente.


Personas mayores que esperan durante meses y años una ayuda que nunca llega.


Y demasiados acaban muriendo antes de recibirla.


No, esto no ha ocurrido por casualidad.


No es una desgracia inevitable.


No es un accidente.


Tiene responsables políticos.


Andalucía lleva años gobernada por la derecha. Años en los que se ha debilitado progresivamente la capacidad de respuesta de los servicios públicos mientras se abrían cada vez más espacios para el negocio privado en sectores esenciales.


Los resultados están ahí.


Miles de personas esperando una valoración.


Miles de familias afrontando solas situaciones extremas.


Miles de andaluces falleciendo antes de recibir una ayuda reconocida por ley.


Y, sin embargo, cuando hemos tenido la oportunidad de juzgar estas políticas en las urnas, hemos decidido renovarlas.


Esa es la reflexión incómoda que debemos hacernos como sociedad.


Porque la democracia consiste en elegir.


Pero elegir también significa asumir las consecuencias de lo que elegimos.


No podemos lamentarnos por el deterioro de los servicios públicos y al mismo tiempo reforzar con nuestro voto a quienes los han gestionado durante estos años.


No podemos indignarnos por las listas de espera mientras seguimos respaldando políticas que han demostrado ser incapaces de resolverlas.


No podemos denunciar el abandono de nuestros mayores y al mismo tiempo otorgar más poder a quienes consideran que la iniciativa privada debe ocupar espacios que siempre deberían estar garantizados por lo público.


Las urnas han hablado.


Y merecen respeto.


Pero también merecen reflexión.


Porque detrás de cada voto hay un modelo de sociedad.


Y detrás de cada recorte, de cada privatización y de cada demora administrativa hay personas concretas que sufren sus consecuencias.


Los grandes fondos de inversión, las grandes corporaciones sanitarias y quienes ven la dependencia como un negocio tienen una prioridad evidente: la rentabilidad.


La sociedad debería tener otra muy distinta: la dignidad humana.


Porque una persona dependiente no necesita generar beneficios.


Necesita atención.


No necesita ser rentable.


Necesita cuidados.


No necesita convertirse en una oportunidad de negocio.


Necesita que la sociedad a la que entregó toda su vida no le dé la espalda cuando más vulnerable es.


Pero la historia no termina aquí.


Porque frente a quienes convierten los derechos en mercancía, siempre habrá personas dispuestas a defenderlos.


Frente a quienes resignan lo público, siempre habrá quienes sigan creyendo en la justicia social.


Frente a quienes aceptan que las cosas son así, siempre habrá quienes se organicen para cambiarlas.


La lucha por una sanidad pública fuerte, por una dependencia digna y por unos servicios públicos de calidad no termina con una derrota electoral ni con una mayoría parlamentaria.


Continúa cada día.


En los sindicatos.


En los movimientos sociales.


En las asociaciones de vecinos.


En las plataformas ciudadanas.


Y en cada persona que se niega a aceptar que nuestros mayores merezcan morir esperando.


Hoy se constituye un nuevo Parlamento andaluz.


Pero también se constituye una nueva obligación moral para quienes no estamos dispuestos a resignarnos.


Seguir denunciando.


Seguir proponiendo.


Seguir luchando.


Porque quienes lo dieron todo por nosotros merecen algo mejor.


Y porque Andalucía será más digna el día en que ningún hombre ni ninguna mujer tenga que morir esperando un derecho que ya había conquistado.

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