​DECÍA MI ABUELA

DECÍA MI ABUELA…


Por Fidel Romero




Decía mi abuela que aquello que no quisieras para ti jamás deberías hacérselo a los demás.


Y cuando recuerdo esa frase, no puedo evitar pensar en ella. En una mujer humilde, valiente y profundamente humana que me enseñó mucho más de lo que jamás aprendí en ningún libro.


Mi abuela quedó viuda siendo muy joven. Sacó adelante sola a mi madre, que apenas tenía doce años, y a mi tío, que era un bebé de pocos meses. Lo hizo en tiempos durísimos, en plena dictadura, cuando sobrevivir ya era una batalla diaria. Pasó hambre, necesidades y penurias, pero jamás perdió la dignidad ni la solidaridad.


Era una mujer comprometida con la justicia y con la libertad. Ayudó a quienes luchaban contra la dictadura, escondió propaganda clandestina, colaboró con quienes soñaban con una España mejor y siempre estuvo del lado de los más débiles frente a los abusos de los poderosos.


Pero si algo la definía era su inmenso sentido de la humanidad. Compartía lo poco que tenía. Había días en los que ella se quedaba sin comer para que pudieran hacerlo sus hijos o los mayores de la familia que vivían con ella. Y aun así encontraba algo para compartir con los vecinos o con quien llamara a su puerta necesitando ayuda.


Antes había poco, pero se repartía. Había dificultades, pero también ternura. Había escasez, pero existía una solidaridad que hoy parece haberse ido perdiendo entre tanto ruido, tanta prisa y tanta indiferencia.


Por eso recuerdo tanto aquella enseñanza suya: no juzgues a nadie sin ponerte antes en su lugar. No hagas con otros lo que no aceptarías para ti. No conviertas la vida ajena en un espectáculo porque algún día podrías verte en la misma situación.


Y esa reflexión me viene a la cabeza viendo algunas cosas que están ocurriendo en nuestro país.


Durante años hemos asistido a cómo determinadas personas eran sometidas a juicios mediáticos antes incluso de que existiera una sentencia. Bastaba una investigación, una filtración o una sospecha para que algunos fueran condenados públicamente en tertulias, titulares y redes sociales. La presunción de inocencia parecía desaparecer cuando el señalado era otro.


Ahora las redes sociales han puesto el foco sobre el juez Peinado y sobre informaciones relacionadas con sus supuestas actividades económicas vinculadas al mundo ecuestre y determinados premios de gran cuantía. De momento no existe condena alguna ni resolución judicial que acredite irregularidades. Y precisamente por eso conviene recordar algo fundamental: la presunción de inocencia debe ser igual para todos.


Y es precisamente ahí donde aparece la contradicción que tantas personas señalan. Durante meses hemos visto cómo determinadas investigaciones impulsadas por el juez Peinado generaban titulares constantes, declaraciones públicas, filtraciones interesadas y una enorme exposición mediática de personas que, en muchos casos, ni siquiera habían sido juzgadas. Algunas acusaciones y sospechas que parecían presentarse como verdades incontestables fueron perdiendo fuerza con el paso del tiempo, mientras el daño reputacional ya estaba hecho.


La cuestión de fondo no es si alguien es culpable o inocente. Eso corresponde decidirlo a los tribunales con pruebas y garantías. La cuestión es si resulta aceptable que la sospecha se convierta en condena pública antes de que exista una resolución firme. Porque cuando se alimenta un clima donde basta una investigación para señalar a una persona ante toda la sociedad, se abre una puerta peligrosa que puede acabar afectando a cualquiera.


Por eso resulta tan significativo que ahora sea el propio juez quien se vea sometido al escrutinio público a raíz de informaciones sobre actividades económicas relacionadas con el mundo ecuestre y determinados premios de gran cuantía. No sabemos cuál será el resultado de esas informaciones ni si tendrán alguna consecuencia jurídica. Y precisamente por eso corresponde aplicar el mismo criterio que debería haberse aplicado siempre: prudencia, respeto a la presunción de inocencia y rechazo a las condenas anticipadas.


Porque la justicia pierde autoridad moral cuando parece exigir para unos las garantías que no siempre respeta para otros. Y una democracia sana no puede construirse sobre sospechas convertidas en sentencias mediáticas, sino sobre hechos probados, derechos iguales para todos y una justicia que mida con el mismo rasero, independientemente de quién esté sentado delante.


Y quiero decir algo más para que nadie confunda mis palabras. El juez Peinado no es precisamente una persona por la que sienta admiración. Muchas de sus actuaciones, la repercusión pública que han tenido algunas de sus decisiones y la forma en que determinados procedimientos se han desarrollado no me inspiran confianza ni respeto. Tengo mi propia opinión crítica sobre su manera de actuar y no la oculto.


Pero precisamente porque pienso así, esta reflexión tiene aún más valor. Porque los principios sólo son verdaderamente principios cuando los aplicamos también a quienes no nos gustan, a quienes no pensamos que tengan razón o incluso a quienes consideramos que han actuado injustamente con otros.


No voy a caer en el mismo error que critico. No voy a condenar a una persona por rumores, filtraciones o sospechas. No voy a exigir para otros una presunción de inocencia que después me niegue a reconocer cuando el señalado es alguien con quien discrepo profundamente.


Eso sí, también creo que la vida tiene una extraña forma de poner a las personas frente al espejo. Y quizá no sea malo que quienes durante años han contemplado cómo otros eran expuestos públicamente antes de tiempo experimenten ahora, aunque sólo sea por unos momentos, lo que significa estar bajo el foco de la sospecha.


Pero una cosa es comprender la lección y otra muy distinta renunciar a los principios. Si algún día se demuestra que ha existido una conducta irregular o ilícita, entonces deberá actuar la Justicia y deberá hacerlo con toda la firmeza que establece la ley. Como con cualquier ciudadano. Ni más ni menos.


Porque la verdadera igualdad ante la ley consiste precisamente en eso: en no pedir privilegios para los nuestros ni castigos anticipados para los demás. La justicia debe ser la misma para todos, incluso para aquellos de quienes desconfiamos o a quienes criticamos. Sobre todo para ellos.


Mi abuela, que sabía mucho de sacrificios, de dignidad y de injusticias, lo habría resumido con la sencillez que daba sentido a todo lo que decía:


“No hagas con nadie lo que no estés dispuesto a soportar tú mañana.”


Quizá la vida, que suele dar muchas vueltas, termine recordándonos esa lección una y otra vez. Porque cuando la sospecha se convierte en condena pública, cualquiera puede acabar ocupando el lugar del señalado.


Y una sociedad verdaderamente justa no es aquella que castiga más, sino aquella que mide a todos con el mismo rasero, protege los mismos derechos para todos y no olvida nunca que la dignidad humana debe estar por encima de cualquier interés político, mediático o personal.


Eso fue lo que me enseñó mi abuela. Y el paso de los años no ha hecho más que convencerme de que tenía razón.

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