​CINCUENTA AÑOS SEMBRANDO DIGNIDAD

CINCUENTA AÑOS SEMBRANDO DIGNIDAD


Por Fidel Romero




No he militado en el Sindicato de Obreros del Campo. Mi trayectoria sindical ha estado ligada a Comisiones Obreras desde que era apenas un muchacho de catorce años. He vivido el sindicalismo desde otra organización, con otras formas de actuación y otros ámbitos de trabajo. Pero precisamente por eso, porque hablo desde el respeto y no desde la pertenencia, creo que puedo afirmar algo que pocos discuten hoy: la historia del sindicalismo andaluz no se puede entender sin el Sindicato de Obreros del Campo.


Este año se cumplen cincuenta años de su nacimiento. Medio siglo de lucha, de resistencia y de compromiso con una de las causas más difíciles y olvidadas de nuestra tierra: la dignidad de los jornaleros.


Cuando el SOC nació en 1976, Andalucía era una tierra marcada por la desigualdad. Miles de familias dependían de unas pocas semanas de trabajo al año. El paro, la emigración y la pobreza formaban parte del paisaje cotidiano de nuestros pueblos. Había quienes pensaban que aquello era el orden natural de las cosas. Que los señoritos poseyeran la tierra y los jornaleros únicamente sus manos.


Aquellos años fueron también tiempos de encuentro entre hombres y mujeres procedentes de distintas organizaciones sindicales que compartían una misma reivindicación: tierra, trabajo y dignidad para Andalucía. Quienes militábamos en Comisiones Obreras recordamos bien aquellas luchas por la reforma agraria, las movilizaciones jornaleras y las marchas que recorrieron nuestra tierra reclamando justicia social para el campo andaluz. Fueron años en los que coincidieron caminos y esfuerzos, con dirigentes como Juan Antonio Romero o mi propio hermano Antonio Romero, desde Comisiones Obreras del Campo, junto a tantos hombres y mujeres del SOC que entendían que la situación de los jornaleros no podía seguir siendo una condena heredada generación tras generación. Las siglas eran distintas, pero el horizonte era el mismo: que ningún jornalero andaluz tuviera que elegir entre el paro, la emigración o la miseria.


Pero fueron los hombres y mujeres del SOC quienes hicieron de aquella reivindicación una seña de identidad permanente. Quienes decidieron mantener viva una lucha que muchos consideraban imposible. Quienes se enfrentaron a los poderes establecidos cuando hacerlo tenía consecuencias personales, laborales y, en ocasiones, judiciales.


El SOC no fue un sindicato convencional. Fue mucho más que eso. Fue una escuela de conciencia, una herramienta de organización y una voz para quienes nunca habían tenido voz. Sus militantes caminaron kilómetros y kilómetros por las carreteras andaluzas, ocuparon fincas, soportaron detenciones, multas, juicios y campañas de desprestigio. Lo hicieron porque creían que la tierra debía cumplir una función social y porque estaban convencidos de que ningún ser humano debía resignarse a vivir sin trabajo y sin esperanza.


Aquellas luchas no fueron en vano.


Gracias a ellas, Andalucía cambió. No todo lo que soñaron se hizo realidad, pero sí consiguieron transformar la conciencia de una parte importante de nuestro pueblo. Consiguieron que la pobreza dejara de verse como una fatalidad inevitable y empezara a entenderse como una injusticia que podía combatirse.


Y lo más admirable es que nunca dejaron de intentarlo.


Mientras muchos abandonaban las utopías, ellos siguieron creyendo en ellas.


Lo hicieron en El Humoso, demostrando que era posible convertir una reivindicación histórica en una realidad tangible. Lo siguen haciendo hoy en Somonte, defendiendo que la tierra pública debe servir para crear empleo, riqueza colectiva y oportunidades para quienes más lo necesitan.


Podrán compartirse o no todas sus estrategias. Podrán discutirse algunas de sus acciones. Eso forma parte de la pluralidad democrática y sindical. Pero hay algo que resulta imposible negar: su coherencia.


Durante cincuenta años han permanecido al lado de los trabajadores más vulnerables. De aquellos que rara vez ocupan portadas, de quienes apenas aparecen en los discursos oficiales, de quienes siguen dependiendo de una peonada, de una campaña agrícola o de una oportunidad para sacar adelante a sus familias.


En tiempos donde tantas convicciones parecen tener fecha de caducidad, el SOC ha mantenido intacta una idea sencilla pero poderosa: que la dignidad humana está por encima de cualquier interés económico.


Por eso este aniversario merece algo más que una felicitación protocolaria. Merece reconocimiento.


Reconocimiento para quienes fundaron el sindicato cuando hacerlo suponía asumir riesgos personales. Para quienes llenaron las carreteras andaluzas de esperanza. Para quienes soñaron con una Andalucía más justa. Para quienes hicieron de la solidaridad una forma de vida.


Cincuenta años después, la tierra sigue concentrada en pocas manos, la precariedad sigue golpeando demasiados hogares y muchos jóvenes continúan marchándose de nuestros pueblos en busca de un futuro mejor.


Quizá por eso la historia del SOC no pertenece únicamente al pasado.


Quizá siga siendo una tarea pendiente.


Y quizá la mejor manera de homenajear estos cincuenta años no sea recordar lo que hicieron, sino preguntarnos si hoy tenemos la misma valentía, la misma perseverancia y el mismo compromiso que demostraron quienes se negaron a aceptar que la injusticia fuera el destino inevitable de Andalucía.


Felicidades por estos cincuenta años de lucha.


Porque hay organizaciones que nacen para representar a los trabajadores.


Y hay otras que, además, consiguen dejar una huella imborrable en la historia de un pueblo.


El Sindicato de Obreros del Campo pertenece, sin duda, a estas últimas.

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