​QUIEN NO TE CONOZCA, QUE TE COMPRE

QUIEN NO TE CONOZCA, QUE TE COMPRE


Por Fidel Romero




En los pueblos andaluces había refranes que valían más que un tratado entero de política. Frases cortas, pero cargadas de verdad popular. Y una de ellas decía: “quien no te conozca, que te compre”. Se utilizaba para señalar a quien aparentaba una cosa de puertas para afuera, pero que en su tierra ya era perfectamente conocido por sus hechos, sus intereses y su verdadera cara.


Y había otro dicho antiguo que también retrata muy bien lo que hemos visto estos días: “el que va a otro pueblo a enamorar, va a que lo engañen o a engañar”. Porque fuera de tu tierra es más fácil disfrazarse, vender una imagen falsa, intentar parecer lo que uno no es. Allí donde no te conocen puedes intentar seducir, manipular o reescribir tu propia historia.


Pero aquí, a Isabel Díaz Ayuso la conocemos demasiado bien.


Sabemos perfectamente quién es. Sabemos qué representa y a quién sirve políticamente. Y por eso no sorprende verla en México reivindicando a Hernán Cortés, blanqueando el colonialismo y hablando de conquistas mientras ignora deliberadamente el dolor, la sangre y el exterminio que acompañaron aquella etapa histórica.


No podía decir otra cosa. Va en consonancia absoluta con todo lo que representa.


Porque Ayuso representa una forma de hacer política donde el dinero está por encima de la vida humana. Donde los derechos dependen de la cuenta bancaria y donde lo público se considera un obstáculo para hacer negocio.


La conocemos por los protocolos de la vergüenza en las residencias de mayores. Por miles de ancianos abandonados sin atención sanitaria mientras se cerraban las puertas de hospitales a quienes más lo necesitaban. La conocemos por una sanidad pública destrozada, desmantelada y desviada hacia empresas privadas mientras las listas de espera castigan cada día a familias trabajadoras.


Si tienes dinero, tendrás rapidez y atención. Si no lo tienes, te tocará esperar.


La conocemos también por el ataque constante a la educación pública. Por el desvío indecente de dinero público hacia intereses privados mientras se debilitan colegios, institutos y universidades públicas. Porque lo que molesta a quienes gobiernan para unos pocos es que cualquier hijo de trabajador pueda acceder al conocimiento y tener oportunidades.


Y también la conocemos por su admiración sin complejos hacia Donald Trump, Javier Milei o Benjamín Netanyahu. Por aplaudir con las orejas mientras el mundo contempla hospitales bombardeados, niños asesinados y violaciones sistemáticas de derechos humanos.


Ella no pestañea.


Ni ante los ancianos abandonados.

Ni ante los niños muertos.

Ni ante las masacres.

Ni ante el sufrimiento humano.


Porque para determinada derecha el problema nunca son las víctimas. El problema siempre son los pobres, los débiles y quienes no tienen poder.


Por eso tampoco sorprende que en México haya preferido hablar de conquistadores antes que de libertadores como Simón Bolívar. No podía homenajear a quienes lucharon contra el sometimiento porque ella admira precisamente a quienes se creyeron superiores al resto de seres humanos.


A quienes llegaron a América imponiendo la espada, el saqueo, la esclavitud y la violencia.


Y claro que México tiene memoria. Claro que el pueblo mexicano conoce perfectamente su historia y lo que significó el colonialismo para millones de personas. Por eso allí sus palabras no han sonado a hermandad entre pueblos, sino a arrogancia colonial y desprecio histórico.


Pero aquí no hay engaño posible.


Aquí ya sabemos perfectamente quién es Ayuso. Por eso, cuando intenta vender fuera una imagen moderada o incluso aparentar cercanía, vuelve a resonar aquel viejo refrán andaluz:


Quien no te conozca, que te compre.


Porque los que la conocemos sabemos perfectamente lo que hay detrás del envoltorio. Sabemos que detrás de cada frase preparada y cada discurso leído siempre aparece la misma idea: privatizar lo público, beneficiar al poderoso y despreciar a quien no tiene recursos.


Y también sabemos algo más.


Que quienes deshumanizan a los demás terminan creyéndose por encima del bien y del mal. Terminan creyendo que unas vidas valen más que otras según el dinero, el origen o el poder que tengan.


Por eso Ayuso en México no ha cometido ningún error.


Simplemente ha sido ella misma.


La diferencia es que ahora no solo la conocemos aquí.


Ahora también la conocen en México.

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