LOS CURAS QUE DEJARON DE MIRAR AL ALTAR PARA MIRAR A LOS OJOS DE LOS POBRES
LOS CURAS QUE DEJARON DE MIRAR AL ALTAR PARA MIRAR A LOS OJOS DE LOS POBRES
Por Fidel Romero
La concesión de la Medalla de Oro de la Diputación de Sevilla a Esteban Tabares no es solamente un reconocimiento personal. Para mí, también es un homenaje a toda una generación de hombres y mujeres que, en los años más duros del campo andaluz, decidieron ponerse al lado de los humildes, de los jornaleros y de quienes vivían prácticamente sin derechos.
La Sierra Sur de Sevilla de finales de los años sesenta y principios de los setenta era una tierra profundamente desigual. Mientras los grandes propietarios acumulaban tierras y poder, miles de familias jornaleras sobrevivían entre el paro, la miseria y la emigración. Muchos tenían que marcharse a Francia para la vendimia o recorrer España buscando campañas agrícolas para poder llevar un jornal a sus casas. Andalucía seguía atrapada en un modelo heredado del franquismo: grandes latifundios y trabajadores condenados a la precariedad.
En ese contexto llegaron curas como Esteban Tabares, Diamantino García, Enrique Priego, Miguel Pérez o Juan Heredia. Llegaron todavía en plena dictadura franquista. No vinieron para instalarse cómodamente en las parroquias ni para actuar como simples administradores religiosos. Vinieron para convivir con la gente humilde, trabajar en el campo, compartir la vida de los jornaleros y defender la dignidad de quienes nunca habían tenido voz.
Aquellos curas obreros representaban una forma de entender el Evangelio radicalmente distinta a la de una Iglesia tradicionalmente alineada con el poder económico y político. Mientras buena parte de la jerarquía eclesiástica había respaldado históricamente a los poderosos y al régimen franquista, ellos eligieron caminar junto a los pobres, igual que años después harían muchos sacerdotes vinculados a la Teología de la Liberación en América Latina.
No se limitaron a predicar. Participaron activamente en las luchas jornaleras, apoyaron la organización obrera y abrieron las iglesias y sacristías para reuniones clandestinas en plena dictadura, cuando todavía existían la represión, el miedo y la persecución política. En aquellos años, muchos trabajadores no podían reunirse libremente ni organizarse sindicalmente, y las parroquias se convirtieron en algunos casos en espacios relativamente protegidos donde comenzaban a debatirse ideas de justicia social, libertad y democracia.
Aquellos curas obreros no llegaron en tiempos fáciles ni en democracia. Llegaron cuando Andalucía seguía marcada por el silencio impuesto por el franquismo, por el poder absoluto de los terratenientes y por unas condiciones de vida extremadamente duras para los jornaleros. Por eso su compromiso tuvo todavía más valor: porque decidieron ponerse del lado de los pobres cuando hacerlo podía traer consecuencias, conflictos con las autoridades e incluso enfrentamientos con sectores de la propia Iglesia.
Esteban Tabares fue uno de esos hombres. Trabajó en el campo, emigró a Francia para la vendimia y compartió las mismas condiciones de vida que los trabajadores a los que defendía. Comprendió que no se podía luchar por la dignidad del jornalero desde la distancia ni desde los privilegios. Había que vivir como ellos para entender realmente su sufrimiento y sus necesidades.
Aquella lucha fue decisiva para el nacimiento y consolidación del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), una herramienta fundamental para organizar a los trabajadores agrícolas frente al poder de los grandes terratenientes. Las reivindicaciones eran claras: tierra, trabajo, justicia y dignidad. Pedían una reforma agraria real que permitiera a quienes trabajaban la tierra poder vivir de ella.
Aquellos curas tuvieron enfrentamientos con los sectores más conservadores de la Iglesia, que miraban con desconfianza su compromiso político y social. Pero nunca abandonaron sus principios. Su prioridad siempre fueron los débiles, los desheredados y quienes sufrían la injusticia.
Hoy apenas quedan vivos dos de aquellos curas obreros de la Sierra Sur. Por eso el reconocimiento a Esteban Tabares tiene también un enorme valor simbólico. Significa reconocer una parte de la historia de Andalucía que muchas veces ha sido silenciada: la de quienes ayudaron a conquistar derechos y libertades desde abajo, junto al pueblo y no desde los despachos del poder.
Sin personas como Esteban Tabares y tantos jornaleros y jornaleras que lucharon durante décadas, Andalucía no habría avanzado ni en democracia ni en derechos sociales. Su ejemplo sigue recordándonos que la justicia social nunca fue un regalo: siempre fue una conquista colectiva.
Porque hubo un tiempo en el que algunos curas decidieron dejar de mirar al altar para mirar directamente a los ojos de los pobres, de los jornaleros y de la gente sencilla. Y ahí encontraron el verdadero sentido de su compromiso.
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