📰 LA POLÍTICA NO ES UN NEGOCIO

📰 LA POLÍTICA NO ES UN NEGOCIO


Por Fidel Romero






Hay momentos en los que una frase desnuda toda una verdad incómoda.

Escuché en el Parlamento Europeo a Irene Montero plantear una pregunta que debería retumbar en la conciencia de cualquier demócrata: quince minutos antes de un anuncio clave de Donald Trump sobre Irán, se produjeron movimientos masivos en los mercados del petróleo.


Quince minutos.

El tiempo suficiente para ganar millones.

El tiempo suficiente para demostrar que alguien sabía.


Y entonces surge la pregunta inevitable:

¿quién tenía esa información privilegiada?


Porque cuando los mercados se adelantan a la política, cuando el dinero corre antes que la palabra pública, lo que queda al descubierto no es una casualidad. Es un sistema.


Un sistema en el que quienes ocupan los cargos más poderosos del mundo —aquellos que juran defender el interés general, proteger a sus pueblos y garantizar la paz— terminan atrapados, o directamente comprometidos, con los intereses del negocio y del enriquecimiento.


Yo siempre he creído que la política es otra cosa.

Que la política es un arte noble.

El arte de entregarse a los demás.

De mejorar la vida de la gente.

De buscar soluciones reales a los problemas reales.


La política, cuando es digna, consiste en dar parte de tu tiempo y de tu vida al servicio público.

No en servirse del cargo.

No en utilizar el privilegio y la posición para enriquecer a tu entorno, a los tuyos o a ti mismo.


Y sin embargo, lo que estamos viendo en el mundo es exactamente lo contrario.


No importa el daño.

No importa el sufrimiento humano.

No importa, siquiera, que haya niños y niñas muriendo bajo las bombas.


Si detrás hay negocio, todo parece justificarse.


El petróleo.

Las armas.

La tecnología militar, incluidos los drones que hoy forman parte de la maquinaria de guerra.


Todo ello convertido en oportunidades económicas.


Esa es la versión más terrible del ser humano:

aquella que es capaz de poner precio a la vida.


Y lo más preocupante no es solo que esto ocurra, sino la respuesta política que se está dando. Los gobiernos europeos y la propia Unión Europea han demostrado una y otra vez, en conflictos como Palestina, Irán o Líbano, que no están a la altura de lo que representan. No hay medias tintas: actúan con una sumisión preocupante, de rodillas ante los intereses de Estados Unidos y, en particular, ante figuras como Donald Trump, adoptando posiciones que los convierten en cómplices de esta lógica.


Mientras tanto, líderes como Donald Trump o Benjamin Netanyahu, junto a otros dirigentes que representan una deriva autoritaria y reaccionaria en distintos lugares del mundo, avanzan en un modelo donde el poder político y el interés económico se confunden peligrosamente.


Un modelo que concentra riqueza, que destruye equilibrios, que desprecia el medio ambiente y que convierte los recursos del planeta en botín.


Y ante todo esto, la gente se aleja de la política.

¿Cómo no hacerlo?


En España también lo sabemos bien.

Los casos de corrupción, las leyes hechas a medida de los poderosos, no son una abstracción: tienen nombres y apellidos. Ahí está la figura de Cristóbal Montoro, señalado como uno de los principales artífices de reformas y decisiones que beneficiaron a grandes intereses económicos, facilitando un modelo en el que las élites podían influir directamente en las reglas del juego.


Hemos visto cómo grandes empresas y grandes fortunas encontraban la forma de comprar marcos normativos favorables, mientras quienes madrugan, quienes levantan la persiana cada mañana, quienes sostienen este país con su trabajo —autónomos, pequeños comerciantes, trabajadores— cargan con el peso.


Son ellos quienes pagan.

Son ellos quienes sostienen el sistema.


Mientras otros acumulan millones y eluden su responsabilidad.


Y esto no es solo una cuestión moral.

Es una cuestión democrática.


Porque nuestra Constitución establece un principio claro: la justicia fiscal. Que quien más tiene, más aporte. Que el sistema sea progresivo.


Pero cuando ese principio se vulnera sistemáticamente, cuando el poder económico dicta las reglas, la democracia se debilita.


Por eso creo que ha llegado el momento de decirlo alto y claro:

la política no puede ser un negocio.


No puede estar al servicio de unos pocos.

No puede construirse sobre el sufrimiento de muchos.


Necesitamos recuperar su sentido más profundo.

Su dignidad.

Su compromiso con la gente.


Y también necesitamos señalar responsabilidades. Denunciar la pasividad, y cuando corresponde, la complicidad de quienes, desde las instituciones europeas y nacionales, permiten que este modelo continúe.


Porque frente a la codicia, solo hay una respuesta posible:

la defensa firme de lo público, de la justicia social y de la vida.


Y esa, pese a todo, sigue siendo la tarea más noble que existe.

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