CUANDO LA IZQUIERDA SOLO ADMINISTRA EL MIEDO

CUANDO LA IZQUIERDA SOLO ADMINISTRA EL MIEDO


La crisis alrededor de Zapatero y el agotamiento de una izquierda sin proyecto transformador


Por Fidel Romero




Durante años, una parte importante de la izquierda de este país aceptamos una idea que parecía incuestionable: primero había que frenar a la derecha y después ya habría tiempo para transformar las cosas. El problema es que ese “después” nunca llegó.


Y creo honestamente que quienes formamos parte de la izquierda transformadora también tenemos la obligación de mirarnos hacia dentro y asumir nuestra parte de responsabilidad. Porque sería demasiado fácil señalar únicamente al PSOE, como si nosotros no hubiéramos participado también de muchas dinámicas que hoy nos han llevado hasta aquí.


Hoy, viendo la crisis política que rodea a José Luis Rodríguez Zapatero, el silencio calculado del PSOE y la incomodidad visible de todo el espacio progresista institucional, creo que estamos ante algo mucho más profundo que un problema judicial o mediático. Lo que estamos viendo es el agotamiento de un modelo político donde la izquierda ha terminado confundiendo gobernar con transformar.


Y no son lo mismo.


La noticia de RTVE habla de “desazón” en la izquierda del PSOE. La palabra no es casual. Porque lo que existe no es únicamente preocupación por las consecuencias judiciales o electorales de este asunto. Lo que existe es una sensación de vacío político. De desgaste moral. De pérdida de referencias.


Zapatero no es un dirigente cualquiera. Ha sido durante años uno de los grandes referentes simbólicos del progresismo español. El rostro amable de un PSOE que supo conectar con una parte importante de la sociedad en momentos decisivos. Y precisamente por eso, todo lo que ocurre alrededor de él tiene una dimensión política enorme.


Pero lo más relevante no es el caso concreto. Lo verdaderamente importante es cómo reaccionamos desde el conjunto del bloque progresista ante una situación así.


Y la respuesta vuelve a ser demasiado parecida a la de siempre: cerrar filas, guardar silencio, resistir el temporal y convertir un problema político en un simple asunto judicial.


Ahí es donde la izquierda transformadora tiene la obligación de reflexionar. Y no hablo desde fuera. Hablo desde dentro. Desde quienes seguimos creyendo en la necesidad de construir una izquierda útil, honesta y transformadora, pero que también sabemos que hemos cometido errores importantes.


Porque no se puede construir una alternativa popular sólida si cada vez que aparece una crisis respondemos únicamente desde el miedo a que gobierne la derecha. Ese mecanismo ha terminado desarmando ideológicamente a buena parte de la izquierda española.


Durante demasiado tiempo hemos aceptado la lógica del “mal menor” como única estrategia política posible. Y cuando una fuerza política vive permanentemente atrapada en el mal menor, deja de construir esperanza y empieza únicamente a administrar miedo.


Ese es el gran problema.


La izquierda institucional lleva años defendiendo que cualquier crítica interna debilita al bloque progresista. Que cualquier discrepancia pone en peligro al Gobierno. Que cualquier cuestionamiento favorece automáticamente a la derecha y a la extrema derecha.


Pero la realidad es otra: lo que más debilita a la izquierda es la pérdida de credibilidad.


Y esa pérdida aparece cuando dejamos de actuar con la misma exigencia ética que reclamamos a los demás.


Porque la ética pública no puede depender del color político. No puede haber una vara de medir para la derecha y otra distinta para la izquierda. No puede exigirse transparencia cuando gobiernan unos y pedir silencio cuando gobiernan los nuestros.


La izquierda transformadora no puede convertirse en una simple fuerza auxiliar del PSOE cuyo único papel sea sostener gobiernos a cualquier precio.


Y creo que ahí espacios como Sumar, Izquierda Unida o el conjunto de la izquierda alternativa tenemos que hacer autocrítica con honestidad. Porque nacimos prometiendo una nueva forma de hacer política, regeneración democrática, transparencia, participación y transformación social. Sin embargo, demasiadas veces, cuando aparecen crisis profundas, terminamos actuando más como gestores de estabilidad institucional que como impulsores de cambio político real.


Y eso genera frustración en mucha gente que esperaba algo diferente.


No se trata de hacer oposición destructiva ni de alimentar campañas reaccionarias. Se trata de algo mucho más serio: recuperar autonomía política y capacidad crítica.


Porque cuando toda la estrategia de la izquierda consiste únicamente en mantener gobiernos, desaparece lo esencial:


* desaparece la movilización popular,

* desaparece el conflicto democrático,

* desaparece la organización obrera,

* desaparece el trabajo en los barrios,

* desaparece la construcción de conciencia colectiva.


Y entonces la izquierda queda reducida a una estructura parlamentaria sin raíces sociales profundas.


Quizá ese sea el gran drama del momento actual. Que buena parte de la izquierda institucional ha terminado integrada en una lógica de gestión del sistema, no de transformación del sistema.


Y lo digo con preocupación, no desde la superioridad moral. Porque muchos de nosotros hemos defendido estrategias que creíamos necesarias para frenar a la derecha, pensando que desde dentro de las instituciones podríamos avanzar después en transformaciones más profundas. Pero el riesgo de esa dinámica es evidente: cuando la gestión institucional absorbe toda la energía política, la transformación acaba quedando siempre para mañana.


Mientras tanto, la precariedad sigue creciendo, el acceso a la vivienda se vuelve imposible para miles de jóvenes, los salarios continúan perdiendo poder adquisitivo y la sensación de incertidumbre se instala en amplias capas de la sociedad.


Y frente a eso, demasiadas veces nuestra respuesta política se limita a controlar daños mediáticos o resistir ofensivas parlamentarias.


La izquierda transformadora tiene que volver a levantar un proyecto propio. Un proyecto que no nazca únicamente del miedo a la derecha, sino de la esperanza organizada desde abajo. Que vuelva a conectar con el mundo del trabajo, con la juventud precarizada, con los movimientos sociales y con la realidad cotidiana de la mayoría social.


Porque si la izquierda pierde la capacidad de transformar, termina únicamente administrando decepciones.


Y entonces ocurre algo muy peligroso: la gente deja de votar con ilusión y empieza a votar solamente con miedo.


Ningún proyecto político puede sostenerse mucho tiempo así.


La crisis alrededor de Zapatero no es únicamente la crisis de un dirigente histórico del PSOE. Es el síntoma de una izquierda institucional agotada, atrapada entre el miedo a la derecha y la incapacidad de construir una alternativa verdaderamente transformadora.


Y quizá haya llegado el momento de decirlo con claridad, también desde dentro de nuestra propia izquierda: gobernar no basta si no se transforma la vida de la gente ni se construye poder popular desde abajo.


Porque una izquierda que solo administra estabilidad termina defendiendo silencios que antes denunciaba.


Y si no somos capaces de corregir ese rumbo a tiempo, corremos el riesgo de que no sea solamente un gobierno el que se desgaste, sino la propia esperanza de transformación de toda una generación.

Comentarios

Entradas populares de este blog

​FRAN: LA DIGNIDAD DE UN HOMBRE, LA FUERZA DE UN PUEBLO

​DE HUMILLADERO A MÁLAGA: EL PUEBLO QUE NUNCA OLVIDÓ A SU HIJO

CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL