A VOSOTROS, QUE LUCHASTEIS PARA QUE FUÉRAMOS LIBRES
A VOSOTROS, QUE LUCHASTEIS PARA QUE FUÉRAMOS LIBRES
La memoria no puede rendirse
Por Fidel Romero
Le hablo a mi padre.
Le hablo a mi hermano.
Y les hablo sabiendo, desde mi condición de ateo, que no me van a oír. Sé que después de la muerte no queda nada, que todo termina y que la vida se apaga definitivamente. No hablo esperando respuestas del más allá ni consuelo divino.
Pero quizá este diálogo sirva para otra cosa.
Quizá estas palabras puedan abrir los oídos y la conciencia de quienes todavía están aquí. Quizá sirvan para que alguien comprenda lo que costó conquistar los derechos que hoy parecen tambalearse. Quizá sirvan para recordar a aquella generación que se dejó la vida luchando por nosotros, por sus hijos, por sus vecinos y por la dignidad de la gente humilde.
Porque vosotros formasteis parte de esa generación que peleó muchísimo.
La generación de las huelgas, de las reuniones clandestinas, de los tajos, de las noches repartiendo propaganda, de la solidaridad entre compañeros y compañeras cuando no había nada garantizado.
Os hablo de aquellos tiempos en los que los jornaleros iban tajo por tajo convenciendo a otros compañeros de que merecían una vida mejor. De cuando conquistar un salario digno era una victoria inmensa. De cuando lograr las ocho horas de trabajo, las vacaciones pagadas o el derecho al descanso significaba arrancarle humanidad a la injusticia.
Os hablo de las viviendas sociales que permitieron a hijos de trabajadores tener un hogar. De las escuelas públicas donde los hijos de los jornaleros pudieron estudiar gracias a las becas y al esfuerzo colectivo. De generaciones enteras que pudieron romper el destino de miseria al que parecían condenadas.
Porque hubo un tiempo en que quien nacía pobre apenas tenía derecho a soñar. Muchos tuvieron que irse a Francia a la vendimia con catorce años, o al campo, a los ajos, a la cebolla o a la aceituna, simplemente para poder llevar un jornal a casa.
Y a veces uno se despierta por la mañana, mira los resultados electorales y siente una mezcla de tristeza y desconcierto.
Pueblos que fueron ejemplo de lucha obrera, de solidaridad y de conciencia colectiva amanecen con doscientos, trescientos o más votos para la extrema derecha.
Y uno no puede evitar preguntarse: ¿cómo ha podido ocurrir esto?
¿Cómo hemos llegado al punto de que lugares donde generaciones enteras se dejaron la piel defendiendo la dignidad de los trabajadores escuchen ahora discursos construidos desde el odio, el miedo o el egoísmo?
Quizá tenga que ver con el olvido.
Porque cuando un pueblo pierde la memoria de quién luchó por sus derechos, también empieza a olvidar quién pone en peligro sus conquistas.
Y hoy vemos cómo muchos de aquellos derechos conquistados empiezan a ponerse en peligro.
La sanidad pública, la educación, el derecho a la vivienda, la igualdad o la dignidad del trabajo vuelven a estar amenazados por quienes convierten la vida en negocio y el odio en herramienta política.
Pero no quiero hablar solo desde la tristeza.
Porque también nos enseñasteis otra cosa: a confiar en el ser humano.
A creer que incluso en los momentos más difíciles siguen apareciendo gestos de solidaridad, de ternura y de dignidad. Que todavía hay personas capaces de luchar por los demás, de tender la mano y de rebelarse frente a la injusticia.
Eso lo aprendimos de vosotros.
Lo aprendimos viendo vuestra vida, vuestro sacrificio y vuestra manera de entender el mundo. Lo aprendimos de tanta gente humilde que resistió sin rendirse jamás y que nos enseñó el camino de la honestidad, de la conciencia y de la lucha colectiva.
Decía Julio Anguita que “con la dignidad no se come, pero sin ella se pierde todo”.
Y tenía razón.
Por eso no vamos a renunciar a la nuestra.
Vamos a defenderla junto a tantos compañeros y compañeras que siguen creyendo en la justicia social, en la igualdad y en la solidaridad entre los pueblos.
Habrá resistencia.
Resistiremos frente a las políticas del odio, frente a quienes apuestan por la guerra, por la crueldad y por un mundo donde quien más tiene más vale y quien menos tiene menos importa.
Porque nosotros seguimos creyendo exactamente lo contrario.
Seguimos creyendo que ningún ser humano vale más que otro.
Que la paz siempre será más importante que el negocio de las bombas.
Que la sanidad y la educación públicas son conquistas irrenunciables.
Que nadie debería quedarse sin vivienda mientras otros especulan con ella.
Y que un país solo merece la pena cuando protege a los más débiles.
Aquí seguimos los hijos de aquella gente.
Aquí seguimos los hermanos de quienes luchasteis antes que nosotros. Y mientras nos quede aliento, seguiremos peleando como nos enseñasteis.
Aunque a veces parezca difícil.
Aunque el ruido sea enorme.
Aunque intenten convencernos de que no merece la pena.
Mientras tengamos fuerza, mientras podamos respirar, seguiremos defendiendo la dignidad de la gente humilde. Seguiremos peleando en las calles, en los barrios y donde haga falta, con la misma honestidad, la misma fuerza y el mismo convencimiento con el que vosotros luchasteis.
Porque todavía creemos que es posible construir una sociedad más justa, más humana y más igualitaria.
Y porque rendirse sería traicionar todo aquello que nos enseñasteis.
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