​🔥 REPARTIR MISERIA NO ES GOBERNAR: YO NO QUIERO ESE PAÍS

🔥 REPARTIR MISERIA NO ES GOBERNAR: YO NO QUIERO ESE PAÍS


Por Fidel Romero




Hay discursos que no buscan construir, sino dividir.

Y hay políticas que no vienen a generar riqueza, sino a repartir la escasez.


Como señalaba la periodista Silvia Intxaurrondo, me resulta imposible explicar ciertos pactos sin entender su lógica de fondo: no están pensados para mejorar la vida de la mayoría, sino para administrar lo poco que quede… después de que otros se lo hayan llevado todo.


No vienen a construir escuelas.

No vienen a reforzar la sanidad pública.

No vienen a proteger los servicios comunes.


Vienen a otra cosa.


Vienen a privatizar, a debilitar lo público, a concentrar la riqueza en menos manos y, cuando ya no quede casi nada, a decirme:

“Esto es lo que hay. Repartíoslo… pero solo entre vosotros.”


Yo lo tengo claro: ese es el verdadero mensaje.

La miseria para la mayoría, y que además compitamos entre nosotros por ella.


Y entonces aparece el señalamiento:

que no comparta con el que viene de fuera, que no mire al de arriba, que pelee con el de al lado.


Pero yo también veo la realidad:

mientras discutimos migajas, la riqueza se concentra.


Siempre me viene a la cabeza una historia:

una madre, muy criticada, dice:

“Después dice la gente que yo quiero más a mi niño que a los hijos de mi marido. Yo los quiero a todos por igual, fijaros.”

Compra dos naranjas, se las entrega —una a cada uno— a los hijos de su marido y les dice:

“Ahora les dais cada uno la mitad a mi niño.”


Ese es el modelo que nos quieren vender:

aparente igualdad… pero con trampa.


Si lo traduzco, el “hijo privilegiado” son los grandes intereses económicos, las grandes corporaciones.

Y al resto se nos pide que aceptemos menos… y que, además, no lo compartamos.


Para mí eso no es crear riqueza.

No es generar empleo.

No es construir un país.


Eso es repartir miseria.


Y yo lo digo claramente: un país no avanza cuando reparte pobreza,

sino cuando construye dignidad y reparte oportunidades.


Yo creo en otra cosa: en un país solidario, que genere empatía y que apueste por redistribuir la riqueza para que todo el mundo pueda salir adelante.


Porque lo que nos plantean es una visión retrógrada.

Un regreso a tiempos en los que la mayoría social —los hijos e hijas de trabajadores— no pisaban la universidad, tenían que endeudarse para estudiar o incluso para acceder a medicamentos, y en muchos casos apenas trabajaban por sobrevivir.


Ese es el modelo que representa Santiago Abascal.

Y yo no quiero volver ahí.


Y hay algo que me preocupa especialmente:

la contradicción que veo cada día.


Escucho en cualquier bar críticas durísimas a Donald Trump… y, en la misma conversación, oigo cómo se elogian propuestas que siguen exactamente esa misma lógica.


Y no lo entiendo.


Porque para mí es evidente que Abascal actúa como una correa de transmisión de ese modelo: comparte su enfoque, reproduce sus prioridades y defiende aplicarlo aquí.


¿Cómo se puede rechazar un modelo y a la vez aplaudir su copia?


Ahí está una de las claves del momento que vivimos.


Y también una advertencia que yo no quiero ignorar:

si no entendemos lo que hay detrás de ese discurso, si no desenmascaramos esa contradicción, corremos el riesgo de que esas políticas se impongan sin que muchos sean conscientes de sus consecuencias.


Porque cuando competimos por migajas,

los privilegios ya han ganado.


Y entonces, cuando queramos reaccionar, puede ser demasiado tarde.

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