UN PASO HACIA LA REPARACIÓN: ROMPIENDO EL SILENCIO SOBRE LOS ABUSOS EN LA IGLESIA.
UN PASO HACIA LA REPARACIÓN: ROMPIENDO EL SILENCIO SOBRE LOS ABUSOS EN LA IGLESIA.
Bajo el amparo de la sotana y del régimen, muchos abusadores han permanecido impunes durante décadas.
Por Fidel Romero
Durante siglos, la Iglesia Católica ha acumulado historias de abuso y atropello que han permanecido en la sombra, protegidas por una estructura de poder que ha asegurado la impunidad de quienes cometieron los delitos. Los abusos sexuales y la explotación de menores no son hechos aislados, sino que se han repetido en múltiples lugares y épocas, muchas veces amparados o silenciados por gobiernos que miraron hacia otro lado, prefiriendo mantener privilegios y acuerdos con la jerarquía eclesiástica antes que proteger a las víctimas. Hemos vivido durante demasiado tiempo en una sociedad que cerraba los ojos, y para quienes sufrieron estos delitos, la experiencia fue años de dolor, humillación y aislamiento, a menudo invisibles incluso para la justicia.
Se han ido de rosita muchos de esos monstruos que, bajo el amparo de la sotana y de la complicidad política de la dictadura y de gobiernos que han querido tapar estos hechos, no pagaron por sus crímenes. Deberían haber dado con sus huesos en la cárcel y haber pagado por algo tan atroz como abusar de niños y personas indefensas.
Ese silencio y esa complicidad institucional han permitido que los abusos fueran continuos y sostenidos en el tiempo, afectando a generaciones de personas que confiaban en la Iglesia y en la sociedad para protegerlos. No se trata solo de fallos aislados: fue un mecanismo deliberado de ocultamiento, un abuso de poder que violó la confianza, la inocencia y la dignidad de los más vulnerables. La impunidad se consolidó, y solo recientemente, con la presión de las víctimas, de la sociedad y de organismos internacionales, comienzan a verse mecanismos para reconocer y reparar el daño histórico.
Con la firma del reciente acuerdo entre el Gobierno, la Iglesia y el Defensor del Pueblo para establecer un protocolo de reparación a las víctimas, se abre un punto de partida importante, aunque limitado, para iniciar un proceso de justicia. No todas las víctimas podrán acogerse a este mecanismo —la prescripción, la falta de documentación o la invisibilidad histórica de muchos casos lo impiden—, pero este protocolo representa un primer paso hacia la reparación justa y digna, un gesto que permite visibilizar el daño sufrido y sentar las bases para medidas futuras.
Este acuerdo pone en evidencia a quienes, desde el poder eclesiástico y político, permitieron durante décadas el abuso y la impunidad. Más allá de las cuantías económicas, refleja la necesidad de justicia moral, apoyo psicológico y reconocimiento público de las víctimas. No estamos ante un asunto aislado: se trata de un fenómeno que se ha dado en múltiples lugares, con un modus operandi que el propio Papa Francisco había reconocido y por el que pidió perdón públicamente.
La firma de este protocolo no cierra la herida ni resuelve todos los problemas, pero constituye un compromiso institucional y social que no puede ser ignorado. Es un paso que reconoce el sufrimiento de quienes fueron abusados, denuncia la complicidad histórica y abre la puerta a un futuro con mayor transparencia, acompañamiento real de las víctimas y justicia efectiva. Este gesto debe servir como recordatorio de que la justicia y la dignidad deben prevalecer sobre el silencio y la impunidad, y que la sociedad no puede permitir que el pasado de abuso y ocultamiento se repita.
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