​NO A LA GUERRA. NO A LA OTAN. SÍ A LA VIDA

NO A LA GUERRA. NO A LA OTAN. SÍ A LA VIDA


Por Fidel Romero




Escribo estas líneas desde el mismo lugar en el que siempre he estado: del lado de la paz, del lado de la justicia social, del lado de quienes no tenemos misiles, ni portaaviones, ni acciones en la industria armamentística.


No hablo desde el miedo. Hablo desde la memoria.


Nos mintieron con Vietnam.

Nos mintieron con Irak.

Nos mintieron con las armas de destrucción masiva.


Y cada vez que el mundo entra en la lógica del “ataque preventivo”, de la “seguridad nacional” o de la “defensa estratégica”, quienes pagan el precio no son los presidentes ni los generales. Son los pueblos.


Hoy volvemos a escuchar el ruido de los tambores de guerra.

Otra vez Oriente Medio.

Otra vez Irán.

Otra vez la alianza entre la Casa Blanca y el gobierno de extrema derecha de Benjamin Netanyahu.

Otra vez decisiones unilaterales impulsadas desde Washington que tratan el mundo como si fuera un tablero donde las piezas son vidas humanas.


Yo digo no.


Digo no a la guerra con Irán.

Digo no a cualquier guerra que no sea la guerra contra la pobreza, contra la desigualdad y contra la injusticia.

Digo no a la lógica militar que convierte cada conflicto en negocio.


En estos días se ha intentado desviar el debate hablando de “bochorno” porque desde Irán se haya valorado que el Gobierno español marque distancias con Estados Unidos respecto al uso de las bases de Morón y Rota. Pero la cuestión de fondo no es quién aplaude o critica una decisión, sino qué papel quiere desempeñar España en un escenario internacional cada vez más tensionado.


Lo verdaderamente relevante es si nuestro país actúa con autonomía o por inercia. Una democracia madura no puede funcionar como simple correa de transmisión de estrategias ajenas. La política exterior debe responder al derecho internacional, a la legalidad y al interés de la ciudadanía española, no a automatismos geopolíticos.


La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán nos devuelve a un guion conocido: amenazas sobredimensionadas, apelaciones constantes a la seguridad y decisiones que se presentan como inevitables. La experiencia demuestra que esas dinámicas rara vez traen estabilidad; suelen dejar más conflicto, más sufrimiento y menos certezas.


En ese contexto, la utilización de las bases de Morón y Rota no es una cuestión técnica ni secundaria. Convertir territorio español en plataforma operativa de intervenciones externas implica asumir consecuencias políticas, diplomáticas y éticas. España tiene derecho —y la obligación— de valorar si su implicación contribuye realmente a la paz o si, por el contrario, nos inserta en una espiral que no responde a la voluntad de nuestro pueblo.


Porque no es casualidad que mientras se recortan presupuestos en sanidad y educación, aumente el gasto en defensa.

No es casualidad que se nos diga que no hay recursos suficientes para fortalecer la escuela pública, pero sí para ampliar compromisos militares.

No es casualidad que falten médicos y sobren contratos armamentísticos.


Cada euro destinado a armamento es un euro que no va a una escuela.

Cada fragata es un hospital que no se construye.

Cada misil es una beca que desaparece.


Yo he defendido siempre el NO a la OTAN. Y lo sigo defendiendo.

Porque la pertenencia automática a bloques militares nos arrastra a conflictos que no decidimos.

Porque la paz no se construye alineándose con estrategias de confrontación permanente.

Porque la soberanía de un pueblo no puede quedar subordinada a bases extranjeras ni a decisiones tomadas a miles de kilómetros.


España no puede convertirse en plataforma logística de guerras que no representan a su ciudadanía. Nuestro país debe ser tierra de paz, no pieza en un engranaje militar.


Europa, además, no puede permitirse un doble rasero. Si el derecho internacional es la referencia, debe aplicarse a todos por igual. La credibilidad democrática se sostiene en la coherencia, no en la conveniencia.


La Constitución habla de paz.

La Carta de Naciones Unidas habla de paz.

Los pueblos del mundo hablan de paz.


Con demasiada frecuencia, son los gobiernos quienes hablan de bombas.


No quiero una Europa rearmada.

No quiero una economía de guerra.

No quiero que normalicemos la idea de que el conflicto permanente es el destino inevitable de la humanidad.


Quiero escuelas.

Quiero universidades públicas fuertes.

Quiero sanidad digna.

Quiero vivienda accesible.

Quiero derechos laborales.

Quiero cooperación internacional en lugar de intervenciones militares.


La historia demuestra que el militarismo no trae estabilidad. Trae más violencia.

La historia demuestra que los imperios no traen democracia. Traen caos.


No acepto que nos digan que la guerra es inevitable.

Lo inevitable es el sufrimiento cuando se apuesta por las armas.


Y frente a eso, mi posición es clara y seguirá siendo la misma:


No a la OTAN.

No a la guerra.

No al militarismo.

Sí a la vida.

Sí a los derechos.

Sí a la justicia social.


Porque la paz no es ingenuidad.

La paz es la posición más valiente que puede tomar un pueblo.

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