EL AGUA NO INVADE: SOLO VUELVE A CASA
EL AGUA NO INVADE: SOLO VUELVE A CASA
POR FIDEL ROMERO
Hay frases que uno escucha de niño y que con los años terminan cobrando un sentido brutal.
Los mayores siempre decían que el río y el arroyo tienen sus propias escrituras, que esos terrenos nunca cambian de dueño y que cuando llega su hora, el agua vuelve por donde siempre pasó. Durante mucho tiempo pensé que era una forma poética de hablar del campo. Hoy sé que era una advertencia.
Porque el problema no es que el agua esté llegando a sitios nuevos. El problema es que nosotros hemos ido ocupando los suyos.
Durante décadas se han construido viviendas, urbanizaciones, polígonos y hasta infraestructuras críticas en zonas que históricamente han sido inundables. Zonas que permanecieron años —incluso décadas— secas… pero que nunca dejaron de ser cauces naturales, ramblas o llanuras de inundación. Y cuando llegan los ciclos de lluvia —cada vez más violentos— el agua no pregunta. Recupera lo que es suyo.
En España viven millones de personas en áreas inundables, y cientos de miles lo hacen en zonas de riesgo alto o frecuente. Además, miles de infraestructuras esenciales —hospitales, depuradoras, carreteras o redes eléctricas— están ubicadas en espacios donde el agua tiene antecedentes históricos de paso. No es una opinión ni una exageración: es una realidad documentada por planes hidrológicos, estudios de riesgo y décadas de experiencia acumulada tras cada riada.
Pero detrás de esos números hay algo más crudo: decisiones económicas que, con el tiempo, terminan saliendo carísimas.
Porque lo barato sale caro.
El suelo más barato casi siempre coincide con el más peligroso. Terrenos en barrancos, antiguas marismas, ramblas secas o llanuras fluviales donde durante años no pasó nada… hasta que pasó todo. Allí se edificó porque era viable económicamente, porque el terreno tenía buen precio, porque parecía seguro después de largos periodos de sequía. Y cuando llegaron las lluvias fuertes —esas que ahora se repiten con más intensidad— muchas familias perdieron lo único que tenían: su casa, sus recuerdos, su vida entera en unas pocas horas.
La naturaleza había dado señales claras durante siglos. No había viviendas allí por una razón.
Los antiguos no hablaban de cambio climático ni de modelos hidrológicos, pero sabían leer el territorio. Sabían dónde el agua volvía cada cierto tiempo. Sabían que un arroyo seco no es un arroyo muerto. Sabían que el silencio del agua durante años no significa que haya desaparecido.
Hoy, además, el problema se agrava porque muchas infraestructuras modernas no están preparadas para las nuevas intensidades de lluvia. Colectores diseñados para precipitaciones del pasado, alcantarillado insuficiente, encauzamientos rígidos que aceleran la corriente en lugar de absorberla, urbanizaciones enteras construidas sin respetar la dinámica natural del agua. Sistemas pensados para un clima que ya no existe.
Y a eso se suma otro error silencioso: hemos impermeabilizado el suelo. Cada carretera, cada aparcamiento, cada acera convierte la lluvia en escorrentía rápida. El agua ya no se filtra: corre. Y cuando corre demasiado rápido, ninguna tubería es suficiente.
Los expertos llevan años advirtiendo que el cambio climático no significa solo más calor; significa también ciclos más extremos: largas sequías seguidas de lluvias intensas y concentradas. El terreno se endurece durante años secos y, cuando llegan las tormentas, el agua no penetra: se desplaza con violencia hacia los cauces naturales… y hacia las zonas donde nosotros hemos decidido vivir.
Entonces llegan las imágenes que todos conocemos: casas anegadas, familias desalojadas, negocios destruidos, pueblos enteros paralizados. Y después viene la pregunta equivocada: “¿Cómo pudo pasar esto aquí?”
La pregunta correcta sería otra:
¿Por qué construimos donde sabíamos que el agua volvería?
Porque muchas veces la respuesta es incómoda: intereses económicos, decisiones urbanísticas cortoplacistas y una memoria colectiva cada vez más débil que olvida cómo se comporta el territorio a largo plazo.
El resultado es que pagamos todos. Pagan las familias que lo pierden todo. Pagan los municipios que deben reconstruir. Pagan los servicios de emergencia que trabajan al límite. Y paga también el futuro, porque cada reconstrucción sin cambios profundos es una nueva tragedia anunciada.
Y ahora vendrán las reconstrucciones rápidas, las promesas urgentes y las fotos entre barro. Se hablará de fenómenos imprevisibles, de lluvias excepcionales, de desgracias inevitables. Pero lo cierto es que muchas de estas tragedias no nacen del cielo: nacen del hormigón mal colocado, de decisiones cortoplacistas y de haber convertido el territorio en un negocio rápido sin memoria ni respeto.
Porque cuando se construye donde nunca debió construirse, cuando se abarata el suelo a costa del riesgo, cuando se diseñan infraestructuras sabiendo que no resistirán una avenida seria, lo que ocurre después no es una catástrofe natural: es una consecuencia anunciada.
Y lo peor es que siempre pagan los mismos. Familias que pierden su casa, trabajadores que ven desaparecer su negocio, pueblos enteros que quedan marcados mientras quienes tomaron las decisiones ya están lejos de la foto… y lejos de la responsabilidad.
El agua volverá una y otra vez. No entiende de discursos ni de excusas técnicas. Solo sigue su camino antiguo, ese que nunca dejó de existir aunque lo cubriéramos de asfalto y ladrillo.
La verdadera pregunta ya no es cuándo llegará la próxima riada.
La verdadera pregunta es cuántas veces más vamos a permitir que se construya sobre el desastre anunciado… y cuántas familias más tendrán que perderlo todo para que entendamos que el río no negocia, que el arroyo no olvida y que las escrituras del agua —esas que los mayores conocían sin mapas— siguen vigentes aunque nos empeñemos en ignorarlas.
Porque mientras sigamos llamando imprevisto a lo que en realidad es irresponsabilidad, el barro seguirá entrando por las puertas… y las lágrimas seguirán pagando el precio de haber querido hacer barato lo que nunca debió construirse.
CIFRAS QUE DEFINEN UNA REALIDAD
• Más de 25.000 kilómetros de zonas inundables identificadas en España.
• Aproximadamente 2,7 millones de personas viven en áreas con riesgo de inundación.
• Alrededor de 700.000 personas habitan zonas de alto riesgo frecuente.
• Más de 4.300 infraestructuras críticas están ubicadas en zonas inundables.
• Cerca del 71 % de esas infraestructuras se encuentran en situación de riesgo muy grave.
• Miles de instalaciones esenciales ,hospitales, depuradoras, redes eléctricas y transporte se encuentran dentro de áreas con antecedentes históricos de avenidas de agua.
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