PARA QUE EL PSOE NO TRAICIONE DE NUEVO: SOLO UNA IZQUIERDA INQUEBRANTABLE PUEDE CONTENER SU DERIVA
PARA QUE EL PSOE NO TRAICIONE DE NUEVO: SOLO UNA IZQUIERDA INQUEBRANTABLE PUEDE CONTENER SU DERIVA
Por Fidel Romero
La izquierda española debe asumir una verdad incómoda pero imprescindible: el PSOE solo se comporta como un partido progresista cuando no le queda más remedio. Cuando los movimientos sociales, los partidos transformadores y los votantes críticos lo empujan sin descanso. Cuando siente presión, avanza; cuando no, retrocede. Siempre ha sido así.
El historial del socialismo institucionalizado es un recordatorio permanente: privatizaciones masivas, pactos con los poderes económicos, renuncias históricas y sombras que marcaron una etapa entera. Y ahora, para colmo, contamos con el espectáculo bochornoso de sus viejas glorias.
Porque lo de Felipe González y Alfonso Guerra ya no es una discrepancia:
es una entrega total y entusiasta a la derecha más montaraz, una rendición ideológica sin disimulos. Han cruzado la línea sin vergüenza alguna, repitiendo los mantras de Aznar, blanqueando la estrategia de la derecha y participando, con sonrisa satisfecha, en el desgaste sistemático de cualquier avance social que no encaje en su nostalgia de poder.
La careta, simplemente, se ha desintegrado.
Hoy ya no ocultan su posicionamiento real: son referentes de la derecha mediática y política, y su papel consiste en dinamitar cualquier proyecto transformador que no pase por su tutela, esa tutela que hace décadas dejó de representar a la clase trabajadora.
Precisamente por eso, la izquierda no puede permitir ni un segundo de relajación.
Porque lo que hemos conseguido —y lo que se ha conseguido pese al PSOE, no gracias a él— ha sido fruto de una presión feroz:
• La reforma laboral que redujo el paro.
• El SMI que ha sacado a miles de personas de la miseria.
• La subida de pensiones que protege a quienes no tienen altavoces.
• Los derechos LGTBI conquistados con sangre, sudor y resistencia.
• El derecho al aborto defendido frente a ataques organizados y discursos reaccionarios como los de Ayuso.
Nada de eso habría ocurrido con un PSOE cómodo, sin vigilancia, sin contrapoder.
Nada.
Y ahora, ante el avance repugnante de la extrema derecha, la corrupción enquistada y un mercado de vivienda convertido en un festín para los fondos buitre, pretender que el PSOE actuará por voluntad propia es una ingenuidad peligrosa.
Un país decente no puede seguir tolerando que la vivienda se convierta en una subasta permanente donde los jóvenes son expulsados de su futuro mientras unos pocos se enriquecen obscenamente. Eso no se combate con discursos: se combate con leyes duras, parque público y valentía política.
Y esa valentía solo la garantiza una izquierda cohesionada, sin miedo a decir lo que es evidente:
si el PSOE se queda solo, volverá a las andadas.
Retrocederá.
Cederá a los poderes económicos.
Desactivará las reformas sociales.
Volverá al “orden” que los de siempre añoran.
Por eso la izquierda tiene la obligación histórica de cerrar filas. No por romanticismo, sino por supervivencia democrática. Porque cuando la izquierda se divide, la derecha gobierna; y cuando la derecha gobierna, la desigualdad se normaliza.
La gente trabajadora de este país no puede permitirse más traiciones, más medias tintas, más renuncias. Necesita una izquierda que no tiemble, que no se calle, que no negocie sus principios para contentar a tertulianos o a barones.
Una izquierda que entienda que los derechos se conquistan, se defienden y, si hace falta, se arrancan.
Porque el futuro nunca lo escribió la moderación de los poderosos:
lo escribió siempre la rebeldía de quienes se negaron a agachar la cabeza.
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