​NO ES UNA PELÍCULA DE FICCIÓN: LA BARBARIE HUMANA Y EL ROSTRO DEL ODIO

NO ES UNA PELÍCULA DE FICCIÓN: LA BARBARIE HUMANA Y EL ROSTRO DEL ODIO


Por Fidel Romero






El titular podría parecer sacado de una novela distópica: “La Fiscalía de Milán investiga ‘safaris humanos’ en Sarajevo: viajes a la guerra en los noventa pagando por disparar a personas”. Pero no lo es. Es real. Ha sucedido en Europa, hace apenas tres décadas. Italianos adinerados, fanáticos de las armas y de ideologías de extrema derecha, habrían pagado miles de euros para viajar a Bosnia y “disfrutar” disparando a seres humanos —a hombres, mujeres, incluso niños— como si fueran piezas de caza.


Y uno se pregunta: ¿cómo se puede llegar a esto? ¿Qué clase de oscuridad puede habitar en un alma para que apretar el gatillo sobre un niño indefenso sea visto como una aventura, una experiencia, una forma de entretenimiento? ¿Qué monstruo puede nacer de la indiferencia, del odio y del fanatismo hasta convertir la vida humana en un simple blanco móvil?


No, no estamos hablando de una ficción. No es una serie ni una película. Es el mundo real. Es la consecuencia de una ideología que desprecia la vida, que divide a las personas entre superiores e inferiores, que convierte la crueldad en orgullo y la muerte en bandera.


La extrema derecha, ayer y hoy, comparte ese mismo hilo conductor: la deshumanización. Esa palabra que lo explica todo. Despojar al otro de su humanidad para poder justificar su exterminio. Ayer fue en Sarajevo, hoy lo vemos repetido en Gaza, con una crueldad retransmitida en directo, donde niños mueren bajo las bombas y todavía hay quienes lo celebran o lo justifican como si la vida palestina valiera menos.


Es la misma lógica del cazador de Sarajevo que pagaba por matar, la del francotirador que apuntaba a una madre que cruzaba la calle con su hijo, la del político o el fanático que hoy defiende el exterminio de todo un pueblo en nombre de la “seguridad” o de la “defensa”. Son las mismas tinieblas con distintos uniformes.


Vivimos en un mundo que ha perdido el sentido de la vergüenza moral. Que convierte el sufrimiento ajeno en espectáculo y el crimen en debate político. Que normaliza la barbarie hasta anestesiarnos. Donde los gritos de los niños en Gaza o en Sarajevo se disuelven entre discursos de odio y justificaciones cínicas.


El horror de los “safaris humanos” nos obliga a mirar al abismo: a preguntarnos qué clase de humanidad hemos construido, qué sociedad estamos permitiendo que nazca de las ruinas de la compasión. Porque cuando matar se vuelve diversión, cuando la vida se mide en banderas o ideologías, hemos cruzado la frontera definitiva de lo humano.


La ideología del odio no conoce fronteras. Ayer armó a los francotiradores de Sarajevo. Hoy alienta la impunidad y la destrucción en Gaza. Siempre nace de la misma raíz: considerar que el otro —el diferente, el pobre, el que piensa distinto, el que reza de otra forma— no merece vivir.


Y mientras tanto, nosotros, espectadores impotentes, intentamos creer que todo esto pertenece al pasado. Pero no. La barbarie no es una reliquia: es un espejo. Y su reflejo, cada vez más nítido, nos devuelve una pregunta insoportable:

¿cuánto falta para que nos convirtamos también en cazadores?

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