DE LA TOGA A LA PANCARTA: EL DAÑO DE LOS MONTAJES JUDICIALES

DE LA TOGA A LA PANCARTA: EL DAÑO DE LOS MONTAJES JUDICIALES

Por Fidel Romero

He decidido escribir este artículo porque creo que lo que está ocurriendo en España con determinados procesos judiciales no es un asunto menor. Cuando la justicia se convierte en un instrumento al servicio de intereses partidistas, deja de ser justicia y se convierte en otra cosa: en una pancarta, en un arma de guerra política. Y lo que debería ser un procedimiento sereno, en el que se valoran pruebas y se decide con rigor si existe un delito o no, se transforma en un espectáculo mediático diseñado para desgastar, para señalar y para ensuciar.

Seamos claros: ¿de verdad alguien cree que una nota redactada con un bolígrafo de una institución pública o una llamada atendida desde un teléfono oficial a un familiar constituyen un delito de malversación? Eso no es derecho penal, es caricatura. La malversación exige apropiación indebida de fondos públicos, desviación de dinero, un perjuicio real y comprobable al patrimonio del Estado. Nada de eso está presente en el caso de Begoña Gómez, que no existiría si no fuera la esposa del presidente del Gobierno. Lo que hay es el empeño de inflar hechos nimios para sostener una causa que debería estar archivada desde hace tiempo.

El magistrado José Castro, con su experiencia y su autoridad, lo ha expresado sin rodeos: confía en que no termine en el banquillo, pero del juez Peinado se puede esperar cualquier cosa. Cuando un juez de su trayectoria hace esa valoración, lo que está señalando es que la justicia corre el riesgo de dejar de ser justicia y convertirse en un escenario donde el objetivo no es esclarecer los hechos, sino fabricar titulares.

Mientras tanto, hay casos de corrupción gravísimos en los que sí existen pruebas, confesiones y sentencias pendientes contra dirigentes de partidos de derecha y extrema derecha. En esos procesos, los acusados han admitido los delitos. Pero en lugar de que el foco mediático permanezca sobre ellos, se construyen cortinas de humo y montajes judiciales sobre quienes resultan incómodos políticamente. Es una jugada tan antigua como burda: tapar lo propio señalando al contrario, aunque no haya causa real.

El daño a la democracia es incalculable. Porque no se trata solo de la persecución de una persona concreta, sino de algo mucho más profundo: la erosión de la confianza en las instituciones. Cuando la ciudadanía ve que la justicia se utiliza como herramienta de desgaste político, empieza a pensar que todo vale, que todo es fango, que la política no es un instrumento para transformar la sociedad y garantizar derechos, sino una cloaca donde todos son iguales. Y ese descrédito es exactamente lo que buscan las derechas autoritarias: que la gente se desencante, que abandone la política, que deje de confiar en el sistema democrático.

No debemos olvidar que los derechos que tenemos hoy no nos fueron regalados. Fueron conquistados con lucha, con sacrificio, con sangre y lágrimas de generaciones anteriores. Y es precisamente ese legado el que hoy está en peligro cuando se permite que la justicia se use como herramienta de persecución. La instrumentalización judicial no fortalece al Estado de derecho, lo debilita. No defiende lo público, lo degrada.

Yo no digo que la justicia deba mirar hacia otro lado ante la corrupción, al contrario. Cuando hay delitos de verdad, cuando se mete la mano en lo público o se cometen atropellos, las consecuencias deben ser firmes e implacables. Pero precisamente por eso, porque debemos ser duros frente a la corrupción real, no podemos tolerar que se fabriquen casos de la nada, porque eso no solo destruye la vida de personas concretas, sino que daña a la democracia entera.

Los montajes judiciales no son justicia: son política disfrazada. Y quienes los promueven, lo sepan o no, están socavando los cimientos de nuestra democracia. No todo vale. La justicia debe ser imparcial y rigurosa, o deja de ser justicia. Y cuando eso ocurre, cuando la toga se convierte en pancarta, los únicos beneficiados son quienes nunca creyeron en la democracia.

No es algo nuevo. Otros partidos y dirigentes ya lo sufrieron en el pasado: fueron perseguidos con causas fabricadas, convertidos en obstáculos a eliminar, y después, cuando se demostró que todo era falso, ya habían quedado destruidos política y personalmente. Entonces muchos miraron hacia otro lado, se pusieron más de perfil que la tapadera de una lata de anchoas. Hoy la historia se repite. Y si no lo denunciamos, mañana le puede ocurrir a cualquiera que resulte molesto, a cualquiera que defienda la educación pública, la sanidad, el derecho al trabajo o a los servicios sociales.

Esa es la estrategia: destrozar primero y rectificar después, cuando ya es tarde. Y con cada montaje se alimenta la desafección de la ciudadanía hacia la política, se mancha la democracia y se allana el camino para los que quieren un país de rodillas, con gente sumisa al servicio de los poderosos

Comentarios

Entradas populares de este blog

​FRAN: LA DIGNIDAD DE UN HOMBRE, LA FUERZA DE UN PUEBLO

​DE HUMILLADERO A MÁLAGA: EL PUEBLO QUE NUNCA OLVIDÓ A SU HIJO

CARTA ABIERTA AL SEÑOR ABASCAL