EL FUEGO NO SE APAGA CON DISCURSOS, SINO CON PREVENCIÓN
EL FUEGO NO SE APAGA CON DISCURSOS, SINO CON PREVENCIÓN
Por Fidel Romero

En estos días, en distintos puntos de Andalucía y del resto de España, el fuego ha vuelto a mostrarnos su rostro más cruel. No hablamos solo de hectáreas quemadas: hablamos de familias que han perdido sus hogares, de agricultores que han visto desaparecer sus cosechas, de ganaderos que han visto cómo el trabajo de toda una vida quedaba reducido a cenizas. Y hablamos también de un golpe devastador a nuestra biodiversidad, a esos bosques que son patrimonio de todos y herencia para nuestros hijos y nietos.
El cambio climático no es una teoría, es una realidad que ya estamos viviendo. Las lluvias abundantes de los últimos meses, que en principio son una bendición, también han provocado un crecimiento masivo de vegetación. Si esa vegetación no se gestiona con limpieza, cortafuegos y personal suficiente, se convierte en el combustible perfecto para los incendios que ahora sufrimos.
La prevención es la clave. Antiguamente, con muchos menos recursos que hoy, se limpiaban y cuidaban los cortafuegos. La ganadería jugaba un papel esencial: el pastoreo ayudaba a reducir la hierba seca, disminuyendo el riesgo de que el fuego se propagara. Hoy esa ganadería es menor, pero la tecnología actual nos ofrece herramientas que deberíamos aprovechar para reforzar las tareas de mantenimiento y protección.
A esta labor preventiva hay que sumarle algo fundamental: disponer de servicios públicos de extinción que estén activos y bien dotados durante todo el año, no solo en la temporada alta de incendios. Además, necesitamos planes de restauración forestal inmediatos para que las zonas calcinadas puedan recuperarse lo antes posible, evitando la erosión, la pérdida de suelo fértil y el abandono definitivo de esos espacios. Reforestar no es un lujo, es una obligación si queremos mantener vivos nuestros ecosistemas.
No podemos olvidar que detrás de algunos incendios hay intereses. Desde el aprovechamiento de madera calcinada hasta la especulación urbanística. Por eso, es imprescindible vigilar, investigar y, cuando se demuestre la intencionalidad, aplicar todo el peso de la ley. Quien quema un monte de forma intencionada, quema mucho más que árboles: quema vida, quema futuro y quema el alma de nuestros pueblos.
También es responsabilidad de las administraciones ayudar de forma urgente y eficaz a las personas que lo han perdido todo. No basta con lamentar la tragedia: hay que estar al lado de quienes han visto cómo el fuego arrasaba con su trabajo, sus recuerdos y su forma de vida.
Ejemplos como lo ocurrido en El Bierzo, con zonas de altísimo valor ecológico y reconocidas internacionalmente, deberían servirnos de advertencia. No podemos permitir que nuestros pulmones verdes desaparezcan por falta de previsión. Aprendamos de los errores y pongamos en marcha políticas de prevención reales, con más medios y recursos para proteger lo que es de todos.
Porque cuando el fuego arrasa, no deja nada. Y lo que se pierde en minutos, puede tardar generaciones en recuperarse.
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