Lo mío, mío. Lo tuyo, de los dos: así legislaron para los ricos

Lo mío, mío. Lo tuyo, de los dos: así legislaron para los ricos

Por Fidel Romero

Lo que está ocurriendo en España con el bipartidismo es algo más profundo que un caso aislado de corrupción. Estamos ante un sistema político que durante décadas ha estado al servicio de los grandes intereses económicos. Gobiernos que se turnaban el poder, que parecían enfrentarse en los debates, pero que compartían una misma lógica: proteger a las grandes empresas, a las multinacionales, y garantizar su dominio a través de leyes a medida, favores fiscales y un entramado de puertas giratorias que les aseguraba la continuidad de su influencia.

No se gobernaba desde los ciudadanos, desde la democracia real, desde lo que se votaba conforme a unas ideas y un programa político. Se gobernaba para los de siempre, para quienes dictaban las reglas de juego. Ellos escribían las leyes, diseñaban los mecanismos fiscales, presionaban desde los medios de comunicación y financiaban a los partidos que aceptaban someterse. Esa alternancia en el poder, tan vendida como democracia madura, no era más que una coreografía pactada. La verdadera política se hacía en los despachos de las grandes eléctricas, de los fondos de inversión, de las multinacionales del gas, del IBEX.

La consecuencia de todo esto es gravísima: miles de millones de euros que debieron haber ido a nuestras escuelas, a nuestros hospitales, a nuestras universidades, al transporte público, al cuidado de los mayores, fueron desviados —legal o ilegalmente— para enriquecer a unos pocos. Esa es la verdadera herida en nuestra democracia: que los poderosos no solo tenían el dinero, sino que tenían la ley de su lado.

O cortamos radicalmente con todo esto, o las nuevas generaciones seguirán viviendo en una democracia ficticia, donde el pueblo vota pero no manda. Se necesitan leyes fuertes, leyes que impidan que las grandes empresas estén en la órbita de los contratos públicos si no cumplen con sus obligaciones fiscales, si corrompen, si dictan normas a su medida. Porque lo que está en juego no es solo la justicia fiscal, sino la soberanía popular.

Estamos hablando de una usurpación del poder. Hemos vivido —y en parte seguimos viviendo— en una democracia imperfecta. Porque si el poder no lo ejercen quienes representan a la mayoría social, sino quienes mandan desde las sombras con chequeras llenas y consejos de administración blindados, entonces no estamos en democracia. Estamos en una oligarquía camuflada.

Hemos visto en el Congreso de los Diputados tanto al PP como a Vox defender con uñas y dientes a los ultras ricos, a las grandes empresas, cada vez que se las menciona. Porque son formaciones políticas al servicio de esos intereses. No les mueve el patriotismo, les mueve la cartera. No les importa España, les importan los beneficios de sus amos. La banderita se les acaba donde empieza el Consejo de Administración. El “soy español, español, español” es solo la cortina de humo tras la cual se reparten los contratos, se legisla para no pagar impuestos, y se venden los recursos públicos al mejor postor.

Cuando uno escucha a los pequeños y medianos empresarios, cuando uno escucha a la gente que se levanta a las 4:00 de la mañana cada día y son autónomos, cuando uno escucha a la gente que de verdad aporta con el sudor de su frente, muchas veces sin poder, los impuestos que sostienen el bienestar de todos y todas, y ve que se ha trabajado de esta manera para evitar que los que de verdad tenían que poner esos recursos los pusiera y se salieran de rositas con los cocineros de todo, pues la verdad es que es injusto.

Montoro, en este escándalo, bien podría haber sido escrito por Tolkien. Porque si uno se lo imagina encerrado en su despacho, encorvado sobre sus papeles, retorciendo las leyes para proteger a las grandes del gas, es difícil no verlo como una suerte de Gollum fiscal: ese ser abominable, consumido por su “tesoro”, susurrando entre dientes “mi precioso”, aferrado al poder que le daba el Anillo —perdón, la Ley— hecha a medida para los de siempre. Físicamente incluso podría dar el pego. Apalancado, parapetado, al servicio exclusivo de su amo: las grandes multinacionales. Con tal de no soltar ese poder, fue capaz de traicionar el bien común, como Gollum traicionó todo lo que una vez fue. Porque su tesoro no era el anillo; era el blindaje fiscal de quienes nunca han querido pagar lo que deben.

Cuando uno escucha a los pequeños y medianos empresarios, al albañil con su pequeña empresa, al que abre la persiana de su tienda de barrio, a quien va a la lonja con su camioncito, al que fabrica ventanas o depósitos de agua, se da cuenta de que hay una España que sí paga, que sí sostiene, que sí cree en lo público. Y todo ese esfuerzo se ve traicionado por granujas al servicio del poder económico, que legislaron para que las multinacionales pudieran evadir, eludir, esconder y llevarse el dinero calentito.

Hay que decirlo alto y claro: quienes legislaron para los ricos deben pagar. Deben rendir cuentas. Hay que tomar todas las medidas necesarias para que no puedan volver a beneficiarse de lo público sin cumplir con lo común. Y también hay que poner en marcha una fiscalidad verdaderamente progresiva, donde pague más quien más tiene. Porque si no, el peso del Estado siempre caerá sobre los hombros de los que menos pueden, mientras los poderosos se van de rositas.

Las empresas estratégicas, las que afectan a los derechos fundamentales, no pueden estar en manos de oligarquías privadas. Necesitamos recuperar la gestión pública de lo esencial: la energía, el agua, la vivienda. Y lo que no se gestione públicamente, que al menos cumpla con los impuestos que le corresponden.

Esperamos que la ciudadanía despierte, que se dé cuenta, y que exija que gobierne la gente, no los consejos de administración. Porque un gobierno para la gente —como decía Julio— no es una utopía: es una necesidad urgente. Pero ese gobierno será atacado por tierra, mar y aire: con informes falsos, con campañas mediáticas, con bulos, con causas judiciales construidas para desmontarlo. Porque lo que está en juego es mucho. Porque quienes tienen el poder económico también controlan los medios, las redes, los mecanismos para destruir a quienes se atrevan a poner el poder al servicio del pueblo.

Necesitamos una sociedad consciente, una sociedad que no se deje manipular, una sociedad educada en la justicia social y en la defensa de lo común. Lo mío, mío. Lo tuyo, de los dos. Ese refrán que en nuestros pueblos se dice con sorna, es el verdadero lema de las multinacionales. Lo mío, mío. Y lo tuyo, si puedo, también.

Y eso, simplemente, no lo podemos permitir más.

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