Ni amenazas, ni odio: esto no es democracia

Ni amenazas, ni odio: esto no es democracia


Por Fidel Romero

En 2025, después de una transición que nunca rompió realmente con el franquismo, después de construir una democracia que dejó intactas muchas estructuras del régimen anterior, ¿cómo es posible que todavía tengamos que escuchar amenazas, discursos de odio y proclamas violentas desde figuras públicas, cuerpos del Estado y plataformas que se dicen patriotas?

Porque no se construyó una democracia plena: se maquilló un sistema que permitió que los herederos del franquismo ocuparan cargos clave, que las élites del poder económico, judicial y policial siguieran casi intactas, y que la separación de poderes quedara en entredicho. Esa transición incompleta es, en gran parte, la que explica por qué hoy seguimos escuchando este tipo de barbaridades con total impunidad.

Y no solo no se ha cortado ese hilo, sino que muchos de los hijos y nietos de aquellos franquistas ocupan hoy puestos relevantes, y siguen trabajando al servicio de los mismos intereses.

He visto —como muchos— ese vídeo en el que un personaje que se presenta como defensor del orden habla sin pudor de “eliminar a los rojos morados”, refiriéndose no ya a ideas políticas, sino a personas concretas, a representantes públicos elegidos democráticamente. Lo dice como si no fuera grave. Como si no fuese delito. Como si no nos recordara, palabra por palabra, al fascismo que tanto daño hizo en España y en Europa.

Y ojo: a diferencia de bulos como el reciente montaje de la bomba lapa, difundido para desviar la atención, aquí no hablamos de ficciones. Hablamos de hechos reales, constatables, grabados, que cualquiera puede ver. No se trata de poner la lavadora para blanquear ni de encender el ventilador para repartir culpas: se trata de denunciar lo cierto, lo grave y lo peligroso.

Y me niego a callarme. Porque no se trata de una opinión más en el debate público. No es libertad de expresión decir que hay que eliminar al adversario político. Eso es odio. Eso es amenaza. Eso es fascismo puro. Y ningún partido que se diga democrático puede justificar, cobijar o blanquear a quienes piensan así.

La política no es una guerra. Es un espacio de confrontación de ideas. No se combate al adversario con armas, se le rebate con argumentos. No se elimina, se convence o se derrota en las urnas. Pero algunos no aceptan esa lógica democrática. Les molesta que el pueblo vote. Les indigna que haya diversidad de pensamiento. Les duele que existan derechos que antes negaban a media España.

Y por eso ahora levantan la voz, sacan pecho y se envuelven en la bandera para vomitar odio. No es nuevo. Es el mismo franquismo sociológico que nunca desapareció del todo. Pero lo verdaderamente grave es que no son solo individuos sueltos: lo preocupante es que hay partidos que se alimentan de ese discurso y fuerzas del orden que, en lugar de protegernos a todos, se alinean con los que quieren callarnos.

Y entonces yo me pregunto: ¿de qué democracia hablamos si permitimos esto? ¿Qué Estado de derecho podemos reivindicar si toleramos que desde dentro se le niegue su esencia más básica, que es el respeto a las ideas, a la pluralidad y a la convivencia?

Callarse ante esto no es prudencia, es complicidad. Y quienes tenemos una voz pública, por pequeña que sea, tenemos el deber de denunciarlo. Porque si normalizamos este lenguaje, si lo dejamos pasar, si lo tomamos a broma o como “excesos verbales”, acabaremos perdiendo lo que tanto costó conquistar.

Yo no quiero volver a un país de miedo. No quiero que mis hijas o mis nietos vivan en una España donde se pueda amenazar impunemente a quien piensa distinto. Por eso escribo esto. Porque la palabra es nuestra mejor herramienta, y el silencio, nuestro mayor riesgo.

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