La corrupción no es una manzana podrida: es el árbol entero

La corrupción no es una manzana podrida: es el árbol entero
Por Fidel Romero
He visto muchas cosas en política. Pero pocas tan repugnantes como los últimos audios filtrados de quienes deberían haber sido referentes del servicio público. Audios vomitivos donde se habla de repartirse dinero, de prostitución, de un machismo que apesta y que retrata una manera de entender la política como un mercado de favores y codicia. Son conversaciones entre los que fueron altos cargos del PSOE. Pero no es solo una cuestión de nombres propios. Es una forma de hacer, una cultura de la impunidad que lleva décadas enquistada en lo más profundo del Estado.
Lo que estamos viendo no es nuevo. Es la consecuencia de un sistema construido para proteger a los poderosos y ensuciar a quienes molestan. Como ya decía Julio Anguita, para tomar decisiones valientes desde el Boletín Oficial del Estado, que afecten de verdad a los intereses de los grandes bancos, los fondos buitre y las multinacionales, hay que estar bien armado… y respaldado por un pueblo consciente y movilizado. De lo contrario, el sistema te tritura. Y no hablo en abstracto: lo he vivido en carne propia.
Cuando fui alcalde de La Roda de Andalucía y decidimos gobernar con la gente, cambiar las cosas de raíz, poner la honestidad en el centro, las redes sociales se convirtieron en un campo de batalla. Facebook, Instagram, WhatsApp… se inundaron de bulos, de mentiras, de calumnias que intentaban desacreditar lo que estábamos construyendo. Me atacaron con una violencia tremenda. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio. Ninguna de aquellas injurias llegó a ningún tribunal. Ninguna prosperó porque todas eran mentira. Y lo más importante: la gente me sigue viendo como el mismo de siempre. Sigo moviéndome en el mismo coche de hace más de 40 años. No ha cambiado nada en mí. No me he enriquecido. No me he vendido. Y eso, a algunos, les duele más que cualquier otra cosa.
Y no es que nosotros seamos los más importantes del mundo. Es que este sistema no permite ni siquiera que en la aldea más pequeña surja un gobierno distinto, honrado y popular. No soportan que en ningún rincón, por pequeño que sea, haya una alternativa real. Porque un pequeño ejemplo puede convertirse en un faro. Y eso les inquieta más que cien discursos.
En este país, ser decente molesta. Molesta tanto que se activan las cloacas del Estado, los medios controlados por intereses privados, las campañas sucias desde perfiles anónimos o pagados. Se hace todo lo posible para que nadie que represente una alternativa real llegue al poder o se mantenga en él. Lo vivimos en los años de Felipe González, con los GAL, los fondos reservados, Filesa y toda la maquinaria de corrupción institucionalizada. Lo vivimos también durante los gobiernos de José María Aznar, donde prácticamente todo su gobierno ha pasado por la cárcel. Se tejieron redes de poder entre constructoras, medios y grandes fortunas, dejando un legado de puertas giratorias, privatizaciones a medida y prebendas para los de siempre. Y lo hemos visto sin descanso durante los gobiernos de Mariano Rajoy, cuyos principales cargos públicos y buena parte de su gobierno también han sido condenados, siendo el suyo el único partido político en España condenado como institución por corrupción, con los discos duros reventados a martillazos, con sobresueldos en dinero B, y con la sede del PP reformada con dinero negro. Esa es la realidad: un partido secuestrado por las tramas de la corrupción más escandalosa.
Y mientras tanto, el dinero público, el que debería ir a hospitales, escuelas, pensiones, dependencia, servicios sociales, termina engordando las cuentas opacas de quienes hacen negocio con lo que es de todos. Para que haya un corrupto tiene que haber un corruptor. Y mientras no se castigue a ambos con la misma dureza, seguiremos alimentando este ciclo de saqueo.
La extrema derecha —la de Trump, Abascal, Milei o Meloni— no es más que el brazo político de estos poderes económicos. Voceros del capital disfrazados de patriotas, que solo vienen a asegurar que nada cambie y que los privilegios se mantengan. En España, algunos avances solo han sido posibles a base de martillazos, con la izquierda entrando en los gobiernos cuando ya no había más remedio. Pero mientras no haya un respaldo fuerte en la calle, mientras no haya conciencia y defensa activa de los gobiernos que quieren cambiar las cosas, el poder seguirá en las mismas manos.
Por eso escribo esto. Porque no se trata solo de denunciar. Se trata de organizar, de resistir, de construir poder popular. Porque este sistema está diseñado para que las personas honradas no lleguen lejos. Y sin embargo, lo hemos hecho. Lo seguimos haciendo. Y eso, aunque solo sea un granito de arroz frente a la bota gigante del poder, duele, molesta… y también siembra esperanza.
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