Exiliados de la palabra y de la tierra

Exiliados de la palabra y de la tierra

Por Fidel Romero


Fueron muchos. Poetas, periodistas, novelistas, dramaturgos. Mujeres y hombres que empuñaron la palabra como herramienta de transformación y que, tras la derrota de la República, se vieron obligados a huir o fueron silenciados para siempre. Algunos, como Federico García Lorca, fueron asesinados. Otros, como Rafael Alberti, María Teresa León, Max Aub, Rosa Chacel, León Felipe o Juan Rejano, se exiliaron, llevando consigo el dolor del destierro y la fuerza de una cultura que no se dejó vencer.

Juan Rejano, paisano de Puente Genil, como tantos otros poetas, periodistas y escritores, fue víctima del destierro tras la derrota de la República. Algunos, como Federico García Lorca, fueron asesinados. Otros, como Rafael Alberti o el propio Rejano, se vieron obligados a huir. Todos ellos compartieron el mismo castigo: el exilio forzado por una dictadura que, tras alzarse con el poder, no solo ejecutó a personas, sino que intentó asesinar también la libertad, la justicia social, la igualdad y la cultura.

No se trató únicamente de represión política o física. Se intentó borrar un proyecto de país donde la escuela llegaba por fin a los niños y niñas que nunca habían visto un pupitre; donde la tierra se empezaba a repartir entre quienes la trabajaban con sus propias manos; donde la mujer ocupaba un papel central en las leyes más avanzadas que España había conocido.

La República representó un sueño colectivo de transformación social y cultural. Y por eso la represión fue tan feroz: porque sabían que la cultura es una herramienta poderosa para liberar, para enseñar, para despertar conciencias. Sabían que era necesario asesinarla, desterrarla, acallarla.

Pero no lo lograron. Ni nunca lo lograrán.

Desde el exilio, poetas como Juan Rejano siguieron escribiendo. Lejos de su tierra, de su gente, de su España querida y dolida, mantuvieron viva la llama de la palabra y de la memoria. Porque si bien les arrebataron el suelo, no pudieron robarles la voz. Sus poemas, sus escritos, sus ideas siguen resonando hoy como testimonio y como esperanza.

Y sí: hay que reivindicar sus nombres. Hay que leerlos, recordarlos, enseñarlos. Porque cada verso suyo es un acto de justicia frente al intento de borrar toda una generación de creadores y pensadores comprometidos con un país más digno.

¿Qué hubiera sido de España con libertad, con derechos sociales, con cultura? ¿Qué país podríamos haber sido si no nos hubieran condenado a cuarenta años de oscuridad franquista?

Cada minuto, en algún lugar del mundo, se representa una obra de Federico García Lorca. Cada palabra suya nos recuerda lo que pudo ser y lo que aún puede ser. Lo mismo ocurre con Juan Rejano, con Alberti, con María Teresa León, con Max Aub, con León Felipe, con Rosa Chacel, con tantos otros nombres del exilio que aún esperan su sitio justo en la memoria de este país.

Porque no se puede matar la cultura. No se puede asesinar la justicia. Y por más que lo intenten, la palabra siempre encuentra el modo de volver.

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