El trabajo que deberían hacer los gobiernos, lo están haciendo los trabajadores

El trabajo que deberían hacer los gobiernos, lo están haciendo los trabajadores

Por Fidel Romero

Mientras los gobiernos europeos miran hacia otro lado o se suman a tibios gestos diplomáticos —más simbólicos que efectivos—, son los trabajadores y trabajadoras quienes están haciendo lo que deberían hacer sus Estados: bloquear el genocidio.

El pasado miércoles, los estibadores franceses del puerto de Fos-sur-Mer, en el golfo de Fos, se negaron a cargar 14 toneladas de suministros militares con destino a Israel. Sabían perfectamente lo que había en esos pallets: piezas para cartuchos de ametralladora, cañones y componentes producidos por Eurolinks y Aubert et Duval, dos empresas francesas que trabajan directamente para Elbit Systems, el conglomerado militar israelí. Sabían, sobre todo, para qué y contra quién serían utilizadas esas armas.

Las armas no tienen equívoco: están destinadas a matar. Y en este caso, a continuar asesinando a un pueblo entero: el palestino.

Tras ellos, los estibadores italianos del puerto de Génova han anunciado que tampoco permitirán la descarga ni el paso del barco Contship Era, con rumbo final en Haifa. En sus palabras: “No queremos ser cómplices del genocidio que continúa en Gaza”.

Y lo dicen con una claridad que estremece, mientras muchos gobiernos aún dudan, aún callan, aún hacen malabares para justificar lo injustificable. Como si estuviéramos discutiendo si son galgos o podencos, mientras los niños palestinos mueren de hambre, acribillados cuando van a recoger ayuda humanitaria, o asfixiados bajo los escombros de escuelas, hospitales y viviendas.

La carga de ese barco, bloqueada por valientes obreros, no es simbólica: son armas. Son 14 toneladas de herramientas para matar. Y los trabajadores portuarios de Francia e Italia han dicho basta. Han puesto el cuerpo, la conciencia y la dignidad donde los gobiernos han puesto excusas, cobardía o complicidad.

Esto no es nuevo. Es el tercer envío de armamento detectado en lo que va de año. El 3 de abril, el mismo barco transportaba casi 20 toneladas de carga militar con destino a Israel. El 22 de mayo, cargaba dos millones de piezas para cartuchos de ametralladora. ¿Cuántos niños han muerto desde entonces? ¿Cuántos más deben morir para que Europa diga “basta”?

Es inadmisible que sean los trabajadores y trabajadoras quienes tengan que defender los principios del derecho internacional. Pero también es esperanzador: porque demuestra que la sociedad civil no está dormida. Que la clase trabajadora organizada puede parar un genocidio.

Como representante político y como ser humano, solo puedo quitarme el sombrero ante estos hombres y mujeres. Ellos no han disparado una bala, pero han salvado vidas. Ellos no tienen el poder de legislar, pero tienen la capacidad de decir “no en mi nombre”. Y eso, hoy, vale más que mil discursos.

Europa no puede seguir vendiendo armas a un Estado que bombardea hospitales, que dispara a niños hambrientos, que asesina periodistas y cooperantes. La Unión Europea debería estar activando una normativa inmediata de bloqueo comercial total con Israel, comenzando por la suspensión de todo contrato militar y la prohibición absoluta de venderle cualquier artículo de doble uso.

No podemos ser cómplices del exterminio. No podemos callar mientras se retransmite en directo un genocidio. Gaza no es una guerra: es una masacre. Y es también un espejo de nuestras miserias políticas.

Por eso, desde cada pueblo, desde cada rincón, tenemos que actuar. Firmando, protestando, boicoteando, hablando. Haciendo lo que sea necesario para que ningún gobierno diga que no sabía. Que ningún político diga que no pudo.

Hoy, el corazón del mundo late en un puerto francés, en un muelle italiano, entre las manos callosas de quienes levantan contenedores y bajan barcos. Y nos dice: el pueblo palestino no está solo.

La historia recordará que cuando los poderosos callaron, fueron los trabajadores quienes alzaron la voz.

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