Salsa rosa en el Congreso
Salsa rosa en el Congreso
Por Fidel Romero
Antes de entrar en el fondo de lo que quiero denunciar en este artículo, quiero dejar muy claro algo que no admite matices: nosotros estamos en contra de cualquier caso de corrupción, llámese el caso Koldo o llámese como se llame. Cualquier acto de corrupción cometido desde los poderes públicos debe ser atajado, cortado de raíz y puesto de inmediato en manos de la justicia. Ahora bien, una vez en el ámbito judicial, debe ser la justicia —actuando con honestidad, rigor y pruebas— la que determine si ha existido delito o no. Nuestra postura es firme: todo caso de posible corrupción debe ponerse en conocimiento de los tribunales para que se haga justicia, se restituyan los fondos públicos malversados —si los hubiera— y paguen quienes hayan cometido tales atrocidades, antes o ahora.
Dicho esto, una cosa es hacer justicia, y otra muy distinta es convertir los procedimientos judiciales y los temas de Estado en espectáculo. Una cosa es aportar pruebas relevantes y respetar los procesos, y otra es el circo mediático y político al que asistimos, una especie de salsa rosa en el Congreso que en nada contribuye a la regeneración democrática.
Al director del Mundo le preguntaron el lunes si había algún mensaje delictivo en los WhatsApp de Pedro Sánchez. Respondió que no, basándose en lo publicado hasta ahora: pura salsa rosa para entretener al personal y evitar que hablemos de lo que realmente importa. Y yo me pregunto, con cierta rabia contenida: ¿en qué momento aceptamos que la política se transformara en un reality show?
Me parece extraordinariamente inmoral que hayamos convertido la política —lo poco que nos queda de ella— en un plato de cotilleo, donde lo relevante es quién nombra a quién, qué se dice en privado o qué comentario se filtra. Mientras tanto, los asuntos verdaderamente importantes pasan de puntillas, sin titulares ni debate serio. Nos entretenemos con un teatrillo de conspiraciones banales, con filtraciones insustanciales, con insultos personalizados y morbo político, como si el Congreso fuese una telenovela de sobremesa.
Nos han metido en un juego de trileros donde la bolita siempre desaparece. Y mientras buscamos en vano la verdad bajo los cubiletes de los tertulianos, los problemas reales —el empleo, la vivienda, la sanidad, la igualdad, la libertad de expresión— siguen sin resolverse. La política ha dejado de ser un espacio para el pensamiento crítico, para el compromiso con el bien común. En su lugar, asistimos cada día a un espectáculo vulgar que nos infantiliza y nos distrae.
Desgraciadamente, hemos construido una sociedad tan carente de conocimiento que ya no sabe analizar lo que vive. Nos instalamos en el ahora vacío, en el titular llamativo, en el “me llega por WhatsApp”, sin contrastar, sin pensar. Hoy el verbo “rebinar”, palabra antigua que significa pensar con profundidad, casi se ha extinguido. Vivimos en un país donde hay profesores universitarios que no sabrían decirte la capital de Afganistán o de Australia, pero conocen al dedillo la vida íntima, las preferencias sexuales y cómo llaman en privado a tal o cual miembro del Gobierno.
¿Nos damos cuenta de la deriva? ¿De verdad esto es lo que debe ocupar el tiempo de los diputados? ¿Esto es lo que hay que debatir en las sesiones del Congreso, mientras el Boletín Oficial del Estado jamás va a publicar un solo WhatsApp ni debe hacerlo?
La política tiene que estar en los problemas reales de la gente, en los que comprometen el presente y el futuro. Y aquí hay uno que me preocupa especialmente: el rearme silencioso. Mientras discutimos banalidades, se aprueban partidas millonarias para armamento, para fabricar muerte. ¿Dónde está el debate sobre la paz? ¿Dónde el cuestionamiento sobre el destino del dinero público que debería ir a hospitales, escuelas, viviendas sociales y servicios esenciales?
Es doloroso constatar cómo, en nombre de la seguridad, se fortalecen los presupuestos militares mientras se recortan los sociales. ¿Acaso no sería más seguro vivir en una sociedad justa, equitativa y en paz que en una permanentemente armada? ¿Por qué no se abren tertulias sobre esto?
La verdad es que es una auténtica pena la deriva que está tomando la política, los medios de comunicación y las tertulias llevadas al extremo de salsa rosa y de telenovela. El Congreso no debería ser un plató, ni el país un espectáculo. La política es demasiado importante como para dejarla en manos del espectáculo.
Fidel Romero

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