Ni un euro para la masacre
Ni un euro para la masacre
España no puede tener relaciones comerciales ni militares con un Estado que masacra al pueblo palestino
Fidel Romero
El 23 de abril de 2025, el Gobierno español decidió rescindir un contrato con la empresa israelí IMI Systems para la compra de más de 15 millones de balas. Seis millones de euros que, de haberse gastado, habrían terminado financiando a un Estado que hoy representa el rostro más claro del genocidio moderno.
Desde Izquierda Unida lo dijimos claro y alto: ese contrato no solo era inmoral, era también una traición a la palabra dada. ¿Cómo puede un Gobierno que se dice progresista mirar a otro lado mientras se masacra a miles de civiles en Gaza, se bombardean hospitales, se asesina a niños, se bloquea la ayuda humanitaria y se mata a periodistas que intentan mostrarle al mundo la barbarie?
No se trata solo de no comprar balas. Se trata de no vender nuestra alma. Se trata de no mancharnos las manos con la sangre de un pueblo que lleva décadas resistiendo una ocupación ilegal, una limpieza étnica sistemática y ahora, un exterminio retransmitido en directo.
Desde La Roda de Andalucía fuimos los primeros en España en decir “¡basta ya!”. En 2014, siendo yo alcalde, aprobamos una moción para romper relaciones comerciales con Israel. No queríamos en nuestras dependencias ni una sola aceituna, ni un producto, ni una máquina, ni un gramo de tecnología que viniera de aquel Estado criminal. Fuimos el primer municipio en aplicar el boicot activo a Israel en defensa del pueblo palestino. Y lo hicimos a pecho descubierto, sabiendo que habría consecuencias. Las hubo.
Un ciudadano israelí —que decía hablar en nombre del Estado de Israel— nos demandó por negarnos a comprar productos de empresas israelíes. Nos quisieron callar, pero no pudieron. No nos amedrentaron entonces, y mucho menos lo harán ahora.
Porque hoy, más que nunca, hay que poner en valor aquel paso. Porque hoy la situación es aún más desesperada. Hoy hay padres palestinos que gritan “¡despierta hija mía!” con sus hijas muertas en brazos, despedazadas por las bombas israelíes. Hoy hay niños que mueren de hambre, de sed, de miedo, mientras el mundo calla o calcula. Hoy hay hospitales reducidos a cenizas, periodistas asesinados, gente sepultada entre escombros. Y gobiernos que siguen firmando acuerdos con los verdugos.
Nuestra posición es clara: ni balas, ni tanques, ni radares, ni tecnología, ni acuerdos, ni ferias. No podemos tener ni una sola relación —ni económica, ni diplomática, ni militar— con un Estado que asesina a civiles de forma sistemática. No se puede justificar lo injustificable. No hay excusa que valga.
Y mientras el Gobierno aumenta el gasto militar en 10.400 millones de euros para contentar a la OTAN, nosotros seguimos apostando por otra vía: la de la palabra, la de la diplomacia, la del entendimiento. Somos una fuerza de paz, de las que cambian balas por claveles, de las que apuestan por la vida, por el empleo, por la sanidad, por los pueblos. No somos la izquierda que se disfraza de progresismo mientras negocia con los nazis del siglo XXI.
Por eso le decimos a Pedro Sánchez: no todo vale. Hay líneas que no se pueden cruzar. Ser de izquierdas no es una etiqueta, es una práctica. Es un compromiso. Es una posición clara frente a la injusticia. Ser de izquierdas no es mirar para otro lado cuando se está cometiendo un genocidio. Es alzar la voz aunque duela. Es decirle al ministro Marlaska que dimita si ha sido capaz de firmar un contrato con quienes están exterminando al pueblo palestino.
No podemos permitir que la izquierda proteja el rostro asesino de Israel. No podemos permitir que se gasten nuestros impuestos en financiar la muerte. No podemos permitir que la historia nos pase factura por nuestra cobardía. Ya ocurrió con otros regímenes criminales en Europa, y lo volverá a hacer. La historia no perdona a quienes callan ante la barbarie.
Por eso hoy, igual que entonces, desde La Roda de Andalucía, seguimos en pie. Firmes. Convencidos. Con la dignidad por bandera. Porque la paz no es una palabra bonita, es una posición política. Y nosotros, la izquierda con rostro humano, sabemos muy bien de qué lado estamos.
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