El papa que se atrevió a remar contra corriente

 El papa que se atrevió a remar contra corriente

Por Fidel Romero


No soy creyente. Nunca lo he sido. Ni católico practicante, ni hombre de iglesia, ni dado a los dogmas ni a los púlpitos. Pero también es verdad que desde hace años, y desde la política, he aprendido a reconocer lo humano, lo justo, lo valiente… venga de donde venga. Y por eso hoy, desde mi ateísmo sin complejos y mi militancia de izquierdas, me descubro con respeto ante la figura de un papa que supo ser algo más que un pontífice: un hombre. Un hombre que decidió hablar de los pobres desde el centro mismo del poder religioso que durante siglos ha cerrado sus puertas precisamente a los pobres.


El papa Francisco —Jorge Mario Bergoglio— ha fallecido dejando tras de sí algo que en estos tiempos vale más que el oro vaticano: un legado de decencia. Fue insultado por algunos como “el papa comunista”, precisamente por haber recordado, una y otra vez, que el cristianismo no nació para blindar a los poderosos, sino para caminar del lado de los últimos. En un Vaticano donde históricamente se ha preferido mirar hacia otro lado ante las injusticias sociales, Francisco eligió mirar de frente. En un entorno plagado de jerarquías, intrigas palaciegas y dogmas de mármol, este papa optó por acercarse como ningún otro a los postulados de la teología de la liberación latinoamericana, sin llegar a abrazarla explícitamente, pero sí rescatando ese espíritu de defensa de los más débiles que tanto incomodó a los sectores más conservadores de la Iglesia.


Navegar esas aguas —lo sé por experiencia en otras batallas— no es fácil. Ir contra el poder cuando el poder es quien te da la silla, no es gratuito. Y sin embargo, Francisco lo intentó. No sé si logró transformar la estructura petrificada del Vaticano, pero sí sé que consiguió que muchos ateos como yo viésemos en su figura algo distinto. Un intento sincero de acercar la Iglesia a la vida real, a los sin techo, a los refugiados, a los trabajadores explotados, a las víctimas de guerras injustas, a quienes no tienen voz.


Recuerdo una anécdota que hoy vuelve a mí con fuerza. Siendo alcalde de La Roda de Andalucía, acompañé a un grupo de pequeños agricultores que estaban siendo injustamente desposeídos de sus tierras. Eran parcelas humildes, trabajadas durante generaciones, que una congregación religiosa quería concentrar en manos de un solo productor. Aquello no solo era injusto: era una amenaza directa a la economía local. Porque cuando hay seis agricultores, hay seis tractores, seis cuadrillas, seis talleres, seis remolques. Hay movimiento. Hay vida. Se diversifica la economía, se potencia la microeconomía de la gente sencilla. Pero cuando todo se concentra en una sola mano, como pretendían, se reduce a un solo tractor, una sola cuadrilla, un solo taller… y se empobrece el tejido social.


Convocamos una reunión con el entonces nuncio en Madrid, Renzo Fratini. En aquella conversación, yo, ateo declarado, le entregué una carta dirigida al papa Francisco. El nuncio, con una sonrisa diplomática, respondió a mi escepticismo: “No se preocupe, señor alcalde, la enviaremos por valija diplomática”. Y así lo hizo. No sé si esa carta llegó a manos del papa. Pero sé que la denuncia trascendió, salió en prensa, y de alguna forma, tal vez, rozó ese corazón que desde Roma intentaba hacer valer lo que otros habían olvidado: que el cristianismo —el de verdad— va de compartir, no de acumular.


A pesar de no ser un hombre de fe, ni de púlpito, hubo una vez que me tocó hablar desde uno. Fue el día en que inauguramos la restauración del tejado de la iglesia del pueblo. El Ayuntamiento había colaborado económicamente en la obra para proteger el patrimonio histórico y cultural que encerraban aquellas paredes. Cuando me tocó hablar desde el púlpito, lo dije claramente: “Jamás imaginé que algún día estaría hablando aquí arriba”. Y toda la iglesia, llena de vecinos y vecinas, estalló en carcajadas. Me conocían. Sabían bien que no iba disfrazado de creyente para quedar bien. Pero también sabían que, cuando se trata de lo justo, hay puentes que merece la pena cruzar.


No ha sido fácil para Francisco. No lo será para quien venga después. Porque los pasillos del Vaticano no están hechos de incienso y oración, sino de poder, influencia, resistencias. El papa Francisco ha sido criticado por sectores ultraconservadores, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Ha sido odiado por la extrema derecha que no soporta que un hombre de sotana hable de justicia social, de cambio climático, de acogida a inmigrantes o de condena rotunda a las guerras.


Y sin embargo, ahí quedó su palabra. Su valentía. Su intento. Su humanidad. No le pido milagros a la Iglesia. Pero agradezco a quienes, desde dentro, se atreven a intentar que aquello parezca, aunque sea por un momento, lo que dice ser. El papa Francisco, en ese sentido, fue un oasis.




Desde la izquierda, desde el laicismo, desde la conciencia de quien nunca comulgó con ruedas de molino pero sí con la causa de los débiles, hoy me toca reconocerlo: se ha ido un papa distinto. Tal vez no cambió el mundo, pero nos recordó que hasta el poder más antiguo y más rancio puede, de vez en cuando, mirar a los ojos del pueblo.


Y eso, para mí, ya es bastante.


Fidel Romero

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