A CINCO METROS DE LA VIDA

A cinco metros de la vida

✍️ Por Fidel Romero

No hay nada más duro que morir a cinco metros de la vida. Esos cinco metros, los que separan un cayuco del muelle, se convirtieron en una trampa mortal para varias mujeres y niñas que huían del hambre, de la guerra, de la pobreza. No venían a delinquir, no traían armas, no traían odio. Venían con lo puesto, con la esperanza cosida en el alma. Venían buscando lo mismo que buscamos todos: vivir. Vivir con dignidad.

Ese cayuco, con más de 150 personas a bordo, procedía de Guinea Conakry. Diez días de travesía, sin agua ni comida. Diez días jugándose la vida por algo tan sencillo como tener una oportunidad. Murieron al menos siete personas —cuatro mujeres y tres niñas— y un bebé permanece desaparecido, según datos oficiales recogidos por RTVE, El País y Cadena SER. Murieron ahogadas a escasos metros de tierra firme, porque la embarcación volcó al intentar desembarcar. Porque tenían miedo, estaban deshidratadas, debilitadas. Porque no sabían nadar. Porque no hubo previsión ni medios suficientes. Porque la muerte también discrimina.

Y mientras tanto, silencio. Silencio por parte de VOX. Silencio por parte del Partido Popular. Ni una palabra. Ni un mensaje de condolencia. Solo la nada, la indiferencia, el desprecio. Como si esas vidas no valieran lo mismo. Como si fueran un número. Como si fueran ilegales. Como si ser pobre y negro fuera delito.

Pero yo no los vi como criminales. No los vi como peligrosos. Solo vi seres humanos vulnerables. Niños, mujeres, hombres exhaustos, que querían llegar a un lugar seguro. A veces me pregunto: ¿qué habría hecho Santiago Abascal si hubiese estado allí, a cinco metros de esas personas? ¿Les habría tendido la mano? ¿Habría saltado al agua para ayudarles? ¿Habría llorado por las niñas muertas? ¿O simplemente se habría dado la vuelta?

No olvidemos algo fundamental: nadie es ilegal. Ninguna persona, ningún ser humano, puede ser ilegal. Lo que es ilegal es la hipocresía de un sistema que abre sus fronteras al capital, al petróleo, a los fondos buitre, a los dictadores que el primer mundo apadrina para seguir expoliando sus países. Pero las cierra a quienes vienen huyendo de las consecuencias de ese expolio. Cierra la puerta a los pobres, pero la alfombra roja a los ricos.

Nosotros provocamos ese hambre. Nosotros alimentamos esas guerras. Nosotros saqueamos sus recursos naturales para que nuestro mundo siga brillando. Para que nuestras ciudades estén bien iluminadas, para que nunca falte fruta en nuestros supermercados, para que nuestros móviles sigan funcionando con coltán africano, para que nuestros coches eléctricos tengan el litio de sus tierras. Y cuando quieren venir a compartir un pedazo de esa riqueza robada, les damos la espalda.

Y lo peor es que este país, España, olvida. Olvida que también fuimos emigrantes. Que nuestros abuelos huyeron del hambre, de la dictadura, de la represión. Que se fueron a Alemania, a Francia, a Suiza. Que trabajaron en fábricas, en minas, en la construcción. Que mandaban pesetas con esfuerzo a sus familias. ¿Con qué cara podemos mirar a esos niños si negamos lo que fuimos?

Este país no se ha construido con odio. Se ha construido con manos callosas, con maletas de cartón, con lágrimas en los andenes. Y ahora hay quien quiere levantar muros, encender antorchas, sembrar odio contra los que llegan. Pero esos mismos que los rechazan, después los explotan. Quieren que estén aquí, sí, pero sin papeles. Para que les limpien la casa, les cuiden a los abuelos, para que hagan los trabajos que ellos no quieren hacer. Y todo eso bajo la mirada complaciente de los terratenientes codiciosos, que los quieren sin derechos, sin voz, sin contrato. Que los quieren solo para explotarlos con impunidad.

Esa es su filosofía: tenerlos sin derechos para poder explotarlos sin consecuencias.

Lo que necesitamos es valentía. Valentía para mirar al mundo de frente y asumir que tenemos una responsabilidad. Que la inmigración no es una amenaza, es una consecuencia. Y también es una oportunidad: la de construir un país más justo, más solidario, más humano.

Yo no quiero vivir en un país que se acostumbre a ver cadáveres flotando en sus costas. No quiero que el mar siga siendo una fosa común. Quiero un país que tiende la mano, no que la esconde. Que mira a los ojos a quien sufre. Que no permite que a cinco metros de la vida, alguien muera sin que pase nada.

Porque, si no somos capaces de reaccionar, si no somos capaces de llorar por ellos, entonces también nosotros estaremos muertos. A cinco metros de nuestra propia humanidad.

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